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Gabriela, clavo y canela

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Jorge Amado
Gabriela, clavo y canela



Esta historia de amor por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda-, comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el estanciero Jesuíno Mendonza mató a tiros de revólver a doña Sinházinha Guedes Mendonza, su esposa, exponente de la sociedad local, morena casi gorda, muy dada a las fiestas de Iglesia, y al doctor Osmundo Pimentel, cirujano-dentista llega­do a Ilhéus hacía pocos meses, muchacho elegante con veleidades de poeta. Pues en aquella misma mañana, antes de que la tragedia conmoviese a la ciudad, la vieja Filomena por fin había conseguido cumplir su antigua amenaza de abandonar la cocina del árabe Nacib, emprendiendo viaje en el tren de las ocho hacia Agua Preta, lugar en el que un hijo suyo prosperaba.

Como luego opinara Juan Fulgencio -hombre de mu­cho saber y dueño de la Papelería Modelo, centro de la vida intelectual de Ilhéus- el día había sido mal ele­gido, aun siendo día hermoso, el primero de sol después de la larga estación de las lluvias, sol como una caricia sobre la piel. No era un día apropiado para derramar sangre. No obstante, como el coronel Jesuíno Mendonza era hombre de honor, y muy decidido, poco afecto a lec­turas y a razones estéticas, tales consideraciones ni si­quiera le pasaron por la cabeza dolorida por los cuernos. Apenas los relojes dieron las dos horas de la siesta él -surgiendo inesperadamente, ya que todos lo hacían en la estancia- despachó a la bella Sinházinha y al seductor Osmundo, de dos certeros balazos a cada uno. Y consi­guió que la ciudad olvidase los restantes asuntos que tenía para comentar: que el barco de la "Costera" había encallado por la mañana a la entrada del puerto; el esta­blecimiento de la primera línea de ómnibus que uniría a Ilhéus con Itabuna; el gran baile recientemente cele­brado en el Club Progreso, y hasta el apasionante caso de Mundinho (diminutivo de Edmundo) Falcão, que había enarbolado la história de las dragas para la entrada del puerto. En lo que respecta al pequeño drama personal de Nacib, súbita­mente sin cocinera, apenas si sus más íntimos amigos habían tomado conocimiento del mismo, y sin concederle la menor importancia. Todos habíanse vuelto hacia la tragedia que les emocionaba, hacia la historia de la mu­jer del estanciero y el dentista, tanto por la alta clase social a la que pertenecían los tres personajes que inter­venían en dicha historia, cuanto por la riqueza de deta­lles de la misma, algunos picantes y sabrosos. Porque, a pesar del tan cacareado y vanidoso progreso de la ciudad ("Ilhéus se civiliza con un ritmo impetuoso", había escrito el doctor Ezequiel Prado, famoso abogado, en el "Diario de Ilhéus”), todavía interesaban en aquella tierra, y por encima de todo, las historias como ésa, violentas, de amor, celos y sangre. Íbanse perdiendo, con el correr del tiempo, los ecos de los últimos tiros cam­biados en las luchas por la conquista de la tierra; em­pero, de aquellos tiempos heroicos había quedado un gustillo a sangre derramada, en la sangre de las gentes de Ilhéus. Y hasta ciertas costumbres: la de alardear de valientes, de cargar revólver noche y día, de beber y jugar. También ciertas leyes dirigían sus vidas. Una de ellas, por cierto que de las menos discutidas, nueva­mente habíase cumplido aquel día: la honra de un ma­rido engañado, sólo con la muerte de los culpables puede lavarse. Ley que venía de los tiempos antiguos, que no estaba escrita en ningún código, pero sí en la conciencia de los hombres, dejada por los señores de antaño, aque­llos que fueron los primeros en derribar bosques y en plantar cacao. Así sucedía en Ilhéus, en aquellos años de 1925, cuando florecían los cultivos en las tierras abo­nadas con cadáveres y sangre, y multiplicábanse fortu­nas, cuando el progreso se establecía, transformando la fisonomía de la ciudad.

Tan profundo era el gustillo de la sangre, que el pro­pio árabe Nacib, bruscamente afectado en sus intereses por la partida de Filomena, olvidaba tales preocupacio­nes para entregarse por entero a los comentarios del doble asesinato. Se modificaba la fisonomía de la ciudad, -se abrían calles, importábanse automóviles, se construían rascacielos, abríanse caminos, se publicaban periódicos, fundábanse clubes. Ilhéus se transformaba. Sin embargo, mucho más lentamente evolucionaban las costumbres, los hábitos de los hombres. Así sucede siempre en todas las sociedades.


^ PRIMERA PARTE


UN BRASILEÑO DE ARABIA


Aventuras y desventuras de un buen brasileño (nacido en Siria) en la ciudad de Ilhéus, en 1925, cuando florecía el cacao e imperaba el progreso. Con amo­res, asesinatos, banquetes, pesebres, historias variadas para todos los gus­tos, un remoto pasado glorioso de no­bles soberbios y ordinarios, un reciente pasado de ricos plantadores y afama­dos bandidos, con soledad y suspiros, deseo, venganza y odio; con lluvias y sol, y claros de luna, leyes inflexibles, maniobras políticas, y el apasionante caso de la entrada del puerto; con pres­tidigitador, bailarina, milagros y otras magias.


^

CAPÍTULO PRIMERO




LA LANGUIDEZ DE OFENISIA



(QUE MUY POCO APARECE PERO QUE NO POR ESO ES MENOS IMPORTANTE)


"En este año de impetuoso progreso..."

(De un diario de Ilhéus, en 1925)


^ RONDÓ DE OFENISIA



Escucha, oh, hermano,

Luis Antonio, mi hermano:

Ofenisia en la terraza

En la red se balancea.

El calor y el abanico,

la brisa dulce del mar,

mucama haciendo cosquillas.

Ya iba a cerrar los ojos,

el Monarca apareció: barbas de tinta,

renegras, ¡oh, resplandor!


El verso de Teodoro,

la rima para Ofenisia,

el vestido venido de Río,

el corsé, el collar,

mantilla de seda.negra,

el "sagüi" que tú me diste,

¿todo eso de qué sirve

Luis Antonio, mi hermano?


Son brasas sus ojos negros,

(-¡Son ojos de Emperador!)

incendiaron mis ojos.

Sábanas de sueños sus barbas

(-¡Son barbas imperiales!)

para mi cuerpo envolver.


Con él quiero casarme

(-¡Con rey no podéis casar!)

con él quiero acostarme

y entre sus barbas soñar.

(-¡Ay, hermana, nos deshonráis!)

Luis Antonio, mi hermano,

¿qué esperas para matar?


No quiero al conde, al barón,

señor de ingenio no quiero,

ni los versos de Teodoro,

no quiero rosas, claveles,

ni aros de diamantes.

¡Lo que quiero son las barbas

negras del Emperador!

Mi hermano, Luis Antonio,

de la casa ilustre de los Avila,

escucha, oh mi hermano:

si concubina no soy

del Señor Emperador,

en esta red voy a morir

de languidez.


^ DEL SOL Y DE LA LLUVIA,

Y CON UN PEQUEÑO MILAGRO


En aquel año de 1925, cuando floreció el idilio de la mulata Gabriela y del árabe Nacib, la estación de las lluvias habíase prolongado más allá de lo normal y nece­sario, a tal punto que los plantadores, como un rebaño asustado, al entrecruzarse en las calles se preguntaban unos a otros, con miedo en los ojos y en la

voz:

-¿No parará nunca?

Se referían a las lluvias; nunca habíase visto tanta agua cayendo de los cielos, día y noche, casi sin inter­valos.

-Una semana más y todo estará en peligro.

-La zafra entera.. .

-¡Dios mío!

Hablaban de la zafra, que se anunciaba excepcional, superando con largueza a todas las anteriores. Con los precios del cacao, en constante aumento, esto significaba riqueza aún mayor, prosperidad, hartazgo, dinero a rau­dales. Los hijos de los "coroneles"(popularmente: ricachones) irían a los colegios más caros de las grandes ciudades a cursar sus estudios, nuevas casas se levantarían para las familias en las calles recientemente abiertas, lujosos moblajes serían encarga­dos directamente a Río, llegarían pianos de cola para aristocratizar las salas; los negocios bien provistos multiplicándose, el comercio creciendo, la bebida corriendo en los cabarets, mujeres desembarcando de los barcos, el juego campeando en los bares y en los hoteles, ¡el progreso, en fin, la tan mentada civilización!

Y pensar que esas mismas lluvias, ahora demasiado copiosas, amenazadoras, diluviales, tanto se habían de­morado en llegar, ¡tanto se habían hecho esperar y rogar! Meses antes, los "coroneles" elevaban los ojos hacia el cielo límpido en busca de nubes, de señales de próxi­ma lluvia. Crecían las plantaciones de cacao, extendién­dose por todo el sur de Bahía, en espera de las lluvias indispensables para el desarrollo de los frutos recién nacidos, que sustituían las flores de las plantas. La pro­cesión de San Jorge, aquel año, había cobrado el aspecto de una ansiosa promesa colectiva al santo patrono de la ciudad.

Su rica litera trabajada en oro, era llevada sobre los hombros orgullosos de los ciudadanos más notables y los estancieros más ricos, vestidos con el ropaje rojo de la cofradía, lo que no es poco decir, ya que los "coroneles" del cacao no se distinguían por la religiosidad, ni fre­cuentaban iglesias, y eran rebeldes a misas y confesiones, dejando estas debilidades para las mujeres de la familia: -¡Eso de la iglesia, son cosas para mujeres!

Se contentaban con atender los pedidos de dinero del Obispo y de los sacerdotes, destinado a obras y diver­siones: el colegio de monjas en lo alto de la Victoria, el Palacio Diocesano, las escuelas de catecismo, las nove­nas, el mes de María, las kermesses y fiestas de San Antonio y de San José.

Aquel año, en vez de quedarse por los bares bebiendo, todos

ellos estaban en la procesión, con la vela en la mano, contritos, prometiendo el oro y el moro a San Jorge, a cambio de las preciosas lluvias. La multitud detrás de la litera, acompañaba por las calles los rezos de los sacerdotes. Vestido con el ropaje del ritual, las manos unidas para la oración y el rostro compungido, el padre Basilio elevaba la voz sonora, arrastrando los rezos.

Elegido para la importante función por sus emi­nentes virtudes, consideradas y estimadas por todos, tam­bién lo había sido porque aquel santo hombre era propie­tario de tierras y plantaciones, y por lo tanto, directa­mente interesado en la intervención celestial. Así, rezaba con redoblado vigor.

Las numerosas solteronas, en torno a la imagen de Santa María Magdalena, retirada la víspera de la iglesia de San Sebastián para acompañar la litera del santo patrono en su ronda por la ciudad, sentíanse transpor­tadas en éxtasis ante la exaltación del padre, habitual­mente bonachón pero apurado, despachando su misa en un abrir y cerrar de ojos, confesor poco atento a lo mucho que tenían ellas para contarle. ¡Tan diferente del padre Cecilio, por ejemplo!

Elevábase la voz vigorosa e interesada del cura en la oración ardiente, elevábase la voz cascada de las solte­ronas, el coro unánime de los "coroneles", y sus esposas, hijas e hijos, comerciantes, exportadores, trabajadores llegados del interior para la fiesta, cargadores, hombres de mar, mujeres de la vida, empleados de comercio, ju­gadores profesionales, y diversos malandrines, los chi­quilines del catecismo y las muchachas de la Congrega­ción Mariana. Subía la oración hacia un diáfano cielo sin nubes, donde, como una asesina bola de fuego, un sol despiadado quemaba, capaz de destruir los brotes del cacao, recién abiertos.

Algunas señoras dé la sociedad, según la promesa so­bre la que se pusieran de acuerdo en el último baile del Club Progreso, acompañaban la procesión con los pies descalzos, ofreciendo al santo el sacrificio de su elegan­cia, pidiéndole lluvia.

Murmurábanse diferentes prome­sas, apurábase al santo, pues ninguna demora podía admitírsele, que bien veía él la aflicción de sus prote­gidos: era un milagro urgente lo que se le pedía.

San Jorge no había permanecido indiferente a los re­zos, a la repentina y conmovedora religiosidad de los "coroneles", y al dinero por ellos prometido para la Iglesia Matriz, ni a los pies desnudos de las señoras, tan castigados por los adoquines de las calles, pero to­cado sin duda más que todo por la agonía del padre Basilio. Tan receloso estaba el padre por el destino de sus frutos de cacao que, en los intervalos del ruego vigo­roso, cuando el coro clamaba, juraba al santo abstenerse un mes entero de los dulces favores de su comadre y gobernanta Otália. Cinco veces comadre, ya que cinco robustos retoños -tan vigorosos y promisorios como las plantas de cacao del cura- había ella llevado a la pila bautismal, envueltos en linón y encaje.

No pudiendo reconocerlos, el padre Basilio era padrino de todos ellos -tres niñas y dos niños- y, ejerciendo la caridad cristiana, les prestaba el uso de su propio nombre de fami­lia, Cerqueira, un bonito y honesto nombre.

¿Cómo podría San Jorge permanecer indiferente a tanta aflicción? Desde los tiempos inmemoriales de la Capitanía (antígua circunscripción territorial) él venía dirigiendo, bien o mal, los destinos de esa región, hoy tierra del cacao. El donatario, Jor­ge de Figueirédo Correia, a quien el rey de Portugal había dado, en prueba de amistad, esas decenas de leguas pobladas de salvajes y de "palo-brasil", no dispuesto a abandonar los placeres de la corte lisbonense por la selva bravía, había enviado a un cuñado español para que muriera en manos de los indios, en su lugar. Pero ha­bíale recomendado poner bajo la protección del santo vencedor de los dragones aquel feudo que el rey, su se­ñor, tuviera por bien regalarle. El no iría a esa distante tierra primitiva, pero le daría su nombre, consagrándola a su tocayo San Jorge. Montado en su caballo, desde la luna, el santo seguía el destino animado de ese San Jorge dos Ilhéus desde aproximadamente cuatrocientos años. Había visto a los indios degollar a los primeros conquistadores y ser, a su vez, destrozados y esclavi­zados; había visto levantarse los ingenios de azúcar, las plantaciones de café, pequeños unos, mediocres las otras. Había visto vegetar esa tierra, sin mayor futuro, durante siglos. Después, había asistido a la llegada de las pri­meras plantaciones de cacao, ordenando a los macacos "jupará" 1 que se encargasen de multiplicar las plantas de cacao. Tal vez sin objetivo definido, apenas para mudar un poco el paisaje del que ya debía estar can­sado, luego de tantos años. Lejos de imaginar que, con el cacao, llegaba la riqueza, una época nueva para la tierra bajo su protección. Vio entonces cosas terribles: los hombres matándose traicionera y cruelmente por la posesión de valles y colinas, de ríos y sierras, queman­do las plantas, plantando febrilmente sementeras y se­menteras de cacao. Vio crecer súbitamente la región, nacer villas y poblados, vio llegar a Ilhéus el progreso trayendo un Obispo consigo, instalarse nuevos munici­pios -Itabúna, Itapira-, levantarse el colegio de mon­jas, vio a los barcos desembarcando gente, y tanta cosa vio que llegó a pensar que nada más podría impresio­narlo. Pero a pesar de eso, se impresionó con aquella inesperada y profunda devoción de los "coroneles", hom­bres rudos, poco aficionados a leyes y rezos, con aquella loca promesa del padre Basilio Cerqueira, de naturaleza incontinente y fogosa, tan fogosa e incontinente que el santo dudaba que él pudiera cumplirla hasta el fin.

Cuando la procesión desembocó en la plaza de San Sebastián, deteniéndose ante la pequeña iglesia blanca, cuando Gloria se persignó, sonriente, en su ventana mal­decida, cuando el árabe Nacib salió de su bar desierto para apreciar mejor el espectáculo, entonces sucedió el tan mentado milagro. No, no se cubrió de nubes negras el cielo azul, ni comenzó a caer la lluvia. Indudablemente para no arruinar la procesión. Pero una desmayada luz diurna surgió en el cielo, perfectamente visible a pesar de la claridad deslumbrante del sol. El negrito Tuísca fue el primero en verla, llamando la atención de las hermanas Dos Reís -sus patronas- en el centro del grupo negro de las solteronas. Un clamor de milagro se sucedió, partiendo de las solteronas excitadas, pro­pagándose por la multitud, y esparciéndose luego por la ciudad entera. Durante dos días no se habló de otra cosa.

¡San Jorge había venido para oír los rezos, las lluvias no tardarían!

Y efectivamente, algunos días después de la procesión, nubes de lluvia se acumularon en el cielo y las aguas comenzaron a caer al anochecer.

Sólo que San Jorge, naturalmente impresionado por el volumen de las oracio­nes y promesas, por los pies descalzos de las señoras y por el espantoso voto de castidad del padre Basilio, mag­nificó el milagro y ahora las lluvias no querían parar. La estación de las lluvias se prolongaba desde hacía ya más de dos semanas fuera del tiempo habitual.

Aquellos brotes apenas nacidos de los cocos de cacao, cuyo desarrollo el sol había amenazado, crecieron magní­ficos con las lluvias, en número nunca visto, pero co­menzaban ahora a necesitar nuevamente de sol. La con­tinuación de las lluvias, pesadas y persistentes, podría pudrirlos antes de la zafra.

Con los mismos ojos de temor angustiado, los "coroneles" miraban el cielo plúmbeo, la lluvia cayendo: buscaban el sol escondido. En los altares de San Jorge, de San Sebastián, de María Magdalena, hasta en el de Nuestra Señora de la Victoria, en la capilla del cementerio, se encendían velas. Una semana más, tal vez diez días más de lluvias y la zafra estaría por entero en peligro; era una expectativa trágica.

He ahí porqué, cuando aquella mañana en que todo comenzó, un viejo estanciero, el "coronel" Manuel das Onzas -así llamado porque sus plantaciones estaban casi en el fin del mundo, donde, según decían y él con­firmaba, hasta tigres (onzas) rugían-, salió de su casa cuando todavía era casi noche, a las cuatro de la mañana, y vio el cielo despejado, de un azul fantasmagórico de aurora abriéndose, y el sol anunciándose con alegre claridad sobre el mar, levantó los brazos, y gritó con un alivio inmenso:

-En fin... La zafra se salvó.

El "coronel" Manuel das Onzas apuró el paso en direc­ción al puesto de pescado, en las inmediaciones del puer­to, donde por la mañanita, cotidianamente, se reunía un grupo de viejos conocidos en torno de las latas de "min­gau" (comida del tipo de la tapioca) de las "bahianas". No habría de encontrar a nadie en aquella hora, él era siempre el primero en llegar, pero caminaba rápidamente, como si todos lo esperasen para oír la noticia. La alborozada noticia del final de la estación de las lluvias. El rostro del estanciero se abría en una sonrisa feliz.

Estaba garantizada la zafra, aquella que sería la ma­yor de todas, la excepcional, de precios en constante aumento, en ese año de tantos acontecimientos sociales y políticos. En el que tantas cosas mudarían en Ilhéus, año por muchos considerado como decisivo en la vida de la región. Para unos fue el año del caso de la barra, para otros el de la lucha política entre Mundinho Falcão (Mundiño Falcón) , exportador de cacao, y el "coronel" Ramiro Bastos, el viejo cacique local. Terceros lo recordaban como el año del sensacional juicio del "coronel" Jesuíno Mendonza, algunos como el año de la llegada del primer navío sueco, iniciando la exportación directa de cacao. Nadie, sin em­bargo, habla de ese año, de la zafra de 1925 a la de 1926, sino como el año del amor de Nacib y Gabriela y, aun cuando se refieren a las peripecias del romance, no com­prenden cómo, más que cualquier otro acontecimiento, fue la historia de esa loca pasión el centro de toda la vida de la ciudad en aquella época, cuando el impetuoso progreso y las novedades de la civilización transforma­ban la fisonomía de Ilhéus.


^ DEL PASADO Y DEL FUTURO MEZCLADOS EN

LAS CALLES DE ILHÉUS


Las prolongadas lluvias habían transformado los ca­minos y las calles en lodazales, diariamente revueltos por las patas de las tropas de burros y de los caballos de los cazadores.

La propia carretera, recientemente inaugurada, que unía Ilhéus con Itabuna, por la que se trasladaban ca­miones y ómnibus, había quedado, en cierto momento, casi intransitable, los pequeños puentes habían sido arras­trados por las aguas, y sus restos barrosos hacían retro­ceder a los choferes. El ruso Jacob y su socio, el joven Moacir Estréla, dueños de un garage, se habían llevado un buen susto. Antes de la llegada de las lluvias habían organizado una empresa de transportes para explotar la carretera que unía las dos principales ciudades del cacao, enviando cuatro pequeños ómnibus en el sur. El viaje por ferrocarril duraba tres horas cuando no había atra­sos, mientras que por la carretera podía realizarse en una hora y media.

Ese ruso, Jacob, poseía camiones, en los que trans­portaba cacao de Itabuna a Ilhéus. Moacir Estréla había instalado un garage en el centro, y también él trabajaba con camiones. Juntaron sus fuerzas, solicitaron capital en un banco endosando las facturas y mandaron buscar los ómnibus. Restregábanse las manos ante la expecta­tiva de un negocio rendidor. Dicho de otra manera: el ruso restregábase las manos, y Moacir contentábase con silbar. El silbido alegre llenaba el garage mientras en los postes de la ciudad, boletines anunciaban el próximo establecimiento de la línea de ómnibus, y viajes más rápi­dos y más baratos que por el tren.

Pero sucedió que los ómnibus demoraron en llegar y, cuando finalmente desembarcaron de un pequeño car­guero del Lloyd Brasileiro ante la admiración general de la ciudad, las lluvias estaban en su auge y el camino hecho una miseria. El puente de madera sobre el río Cachoeira, corazón mismo de la carretera, estaba ame­nazado por la creciente del río, y los socios resolvieron retrasar la inauguración de los viajes. Los ómnibus, nuevitos, quedaron dos meses en el garage, mientras el ruso maldecía en una lengua desconocida y Moacir sil­baba rabiosamente. Los títulos vencían en el Banco, y si Mundinho Falcáo no los hubiera socorrido en el apuro, el negocio habría fracasado antes de iniciarse. Había sido el propio Mundinho quien buscara al ruso, hacién­dolo llamar a su escritorio, para ofrecerle, sin intereses, el dinero necesario. Mundinho Falcáo creía en el pro­greso de Ilhéus y lo incrementaba.

Con la disminución de las lluvias el río bajó y, a pesar de que el tiempo continuaba malo, Jacob y Moa­cir habían mandado arreglar por cuenta propia algunos de los puentes, rellenado con piedras los trechos más resbaladizos, e iniciaron el servicio. El viaje inaugural, con el propio Moacir Estréla dirigiendo el vehículo, dio lugar a discursos y a bromas. Todos los pasajeros eran invitados: el Intendente, Mundinho Falcáo, algunos otros exportadores, el "coronel" Ramiro Bastos, otros estan­cieros, el Capitán, el Doctor, abogados y médicos. Algu­nos, recelosos de la carretera, presentaron disculpas di­versas, siendo sus lugares ocupados por otras personas, y tantos eran los candidatos que acabó viajando gente de pie. El viaje duró dos horas -la carretera todavía estaba difícil- pero todo corrió sin incidentes de mayor importancia. En Itabuna, a la llegada, hubo fuegos artificiales y un almuerzo conmemorativo. El ruso Jacob había anunciado, entonces, que para el final de la pri­mera quincena de viajes regulares se realizaría en Ilhéus una gran comida, reuniendo a las personalidades máxi­mas de los dos municipios, con el fin de festejar ese nuevo jalón del progreso local. El banquete fue encargado a Nacib.

Progreso era la palabra que más se oía en Ilhéus y en Itabuna en ese tiempo. Estaba en todas las bocas, insis­tentemente repetida. Aparecía en las columnas de los diarios, en el cotidiano y en los semanarios, surgía en las discusiones de la Papelería Modelo, en los bares, en los cabarets. Los habitantes de Ilhéus repetíanla a propósito de las nuevas calles, de las plazas enjardina­das, de los edificios en el centro comercial y de las modernas residencias en la playa, de los talleres del "Diario de Ilhéus", de los ómnibus saliendo por la ma­ñana y por la tarde para Itabuna, de los camiones trans­portando cacao, de los cabarets iluminados, del nuevo Cine-Teatro Ilhéus, de la cancha de fútbol, del colegio del doctor Enoch, de los hambrientos conferencistas lle­gados de Bahía y hasta de Río, del Club Progreso con sus té-danzantes. "¡Es el progreso!" Y lo decían orgullo­samente, conscientes de colaborar todos en los cambios tan profundos experimentados en la fisonomía de la ciu­dad y en sus hábitos.

Observábase un aire de prosperidad en todas partes, un vertiginoso crecimiento. Se trazaban calles para el lado del mar y de los morros, nacían plazas y jardines, se construían casas, palacetes, grandes residencias. Los alquileres subían, y en el centro comercial alcanzaban precios absurdos. Los bancos del sur abrían agencias, y el Banco de Brasil había construido un nuevo edificio, de cuatro pisos. ¡Una belleza!

La ciudad iba perdiendo, día a día, aquel aire de campamento guerrero que la había caracterizado en el tiempo de la conquista de la tierra: con estancieros mon­tados a caballo, el revólver a la cintura y aterradores guardaespaldas con el rifle en la mano, atravesando ca­lles sin empedrar, a veces permanentemente embarradas y otras cubiertas de polvo; tiros llenando de miedo las noches intranquilas; vendedores ambulantes exhibiendo sus valijas en las calles. Todo eso iba muriendo, la ciu­dad resplandecía en vitrinas variadas y bien iluminadas, se multiplicaban las tiendas y los almacenes, los ven­dedores ambulantes andaban siempre por el interior y sólo aparecían en las ferias. Se multiplicaban los bares, cabarets, cines, colegios.

Tierra de poca religión, enor­gullecíase, no obstante, con su elevación a Diócesis, y había recibido en medio de fiestas inolvidables al primer Obispo. Estancieros, exportadores, banqueros, comer­ciantes, todos dieron dinero para la construcción del Co­legio de Monjas, destinado a las jovencitas de Ilhéus, y para el Palacio Diocesano, ambos en lo alto de la Conquista. Como habían dado dinero para la instalación del Club Progreso, iniciativa de comerciantes y doctores con Mundinho Falcáo a la cabeza, donde los domingos había té-danzantes, y de cuando en cuando grandes bailes. Surgían clubes de fútbol, prosperaba la Sociedad Rui Barbosa. En aquellos años, Ilhéus comenzaba a ser cono­cida, en todos los ámbitos del país, como la "Reina del Sur". El cultivo del cacao dominaba todo el sur del estado de Bahía, pues no existía cultivo más rendidor que éste, y con las fortunas creciendo, crecía Ilhéus, capital del cacao.

Sin embargo, aún se mezclaba en sus calles ese impe­tuoso progreso, ese futuro de grandezas, con los restos de las épocas de la conquista de la tierra, de un próximo pasado de luchas y bandidos. Todavía las tropas de bu­rros, conduciendo cacao hacia los depósitos de los expor­tadores, invadían el centro comercial, mezclándose a los camiones que comenzaban a hacerles frente. Aún pasa­ban muchos hombres calzados con botas, exhibiendo pistolas, todavía reventaban fácilmente tumultos en las callejas empinadas, y pistoleros conocidos vomitaban desafíos en los bolichones más bajos o de vez en cuando un asesinato era cometido en plena calle. Esas figuras se cruzaban en las calles empedradas y limpias, con exportadores prósperos, vestidos con elegancia por sas­tres venidos de Bahía, con innumerables vendedores­ viajantes, ruidosos y cordiales, sabedores siempre de la última anécdota, con los médicos, abogados, dentistas, agrónomos e ingenieros, llegados en cada barco. Hasta numerosos estancieros andaban ahora despojados de sus botas y sus armas, con aire pacífico, construyendo buenas casas para vivienda, pasando parte de su tiempo en la ciudad, poniendo sus hijos en el colegio de Enoch o en­viándolos a las escuelas de Bahía, mientras sus mujeres iban a las estancias solamente en vacaciones, y vestidas de sedas y con zapatos de taco alto aparecían en las fiestas del Club Progreso, que ya frecuentaban.

Muchas cosas recordaba aún el viejo Ilhéus de antaño. No el del tiempo de los ingenios, de las pobres planta­ciones de café, de los señores nobles, de los esclavos negros, de la casa ilustre de los Avila. De ese pasado remoto apenas si quedaban vagos recuerdos; sólo el Doc­tor se preocupaba con él. Sí los aspectos de un pasado reciente, del tiempo de las grandes luchas por la conquista de la tierra. Después que los padres jesuítas tra­jeran las primeras plantas de cacao. Cuando los hombres que llegaron en busca de fortuna se arrojaban sobre los bosques, disputando con la boca de los rifles y de los fusiles, la posesión de cada palmo de tierra. Cuando los Badaró, los Oliveira, los Braz Damásio, los Teodoro das Baraúnas, y tantos otros, atravesaban los caminos, abrían picadas al frente de sus bandidos, en encuentros mor­tales. Cuando los bosques fueron derribados y las plan­tas de cacao plantadas entre cadáveres y sangre. Cuando reinó el aguardiente, cuando la justicia había sido puesta al servicio de los intereses de los conquistadores de la tierra, cuando cada gran árbol escondía un tirador en la celada, esperando a su víctima. Era ese pasado que aún estaba presente en detalles de la vida de la ciudad y en los hábitos del pueblo. Desapareciendo de a poco, cedien­do su lugar a las innovaciones y las costumbres recien­tes, pero no sin resistencia, especialmente en lo que se refería a hábitos, ya transformados casi en leyes por el tiempo.

Uno de esos hombres, apegados al pasado, mirando con desconfianza aquellas novedades de Ilhéus, viviendo casi todo el tiempo en sus plantaciones, que solamente via­jaba a la ciudad por motivos de negocios, o para discutir con los exportadores, era el "coronel" Manuel das Onzas. Mientras caminaba por la calle desierta, en la madru­gada sin lluvias, la primera después de tanto tiempo, pensaba en partir aquel mismo día para su estancia. Se acercaba la época de la zafra, pronto el sol doraría los frutos del cacao, las plantaciones estarían espléndidas. Eso era lo que a él le gustaba, por eso la ciudad no con­seguía aprisionarlo a pesar de sus numerosas seducciones: cines, bares, cabarets con mujeres hermosas, negocios surtidos. Prefería la abundancia de la estancia, las ca­cerías, el espectáculo de los cultivos de cacao, las conver­saciones con los trabajadores, las repetidas historias de los tiempos de luchas, las aventuras con serpientes, las chinitas humildes en las paupérrimas casas de rameras de las pequeñas poblaciones. Había venido a Ilhéus para conversar con Mundinho Falcáo, vender cacao para su posterior entrega, y retirar dinero para nuevos arreglos y modificaciones en la estancia. El exportador andaba por Río de Janeiro, y el estanciero no había querido discutir con su gente, prefiriendo esperar el regreso de Mundinho, que llegaría en el próximo barco.

Y mientras esperaba en la ciudad, alegre no obstante las lluvias, iba siendo arrastrado a los cines por los amigos (donde, por lo general, se dormía en la mitad de la película; se le cansaba la vista), a los bares, a los cabarets. Cuánto perfume tenían esas mujeres, Dios mío ¡qué barbaridad! ... Y cobrando carísimo, siempre pi­diendo joyas, queriendo anillos. . . Ciertamente que esa Ilhéus era la perdición... Mientras tanto, el espectáculo del cielo límpido, la certeza de la zafra garantizada, la imagen del cacao secándose en las barcazas, dejando correr la miel que escapaba de sus frutos, partiendo car­gado en el lomo de los burros, todo esto lo hacía tan feliz que llegó a pensar que era injusto mantener a su familia en la estancia, a los chicos creciendo sin instruc­ción, a la esposa en la cocina, como una negra, sin una diversión.

Otros "coroneles" vivían en la ciudad, cons­truían buenas casas, se vestían como personas ...

De todo cuanto hacía en Ilhéus, durante sus rápidas estadías, nada agradaba más al "coronel" Manuel das Onzas que sus charlas matinales con los amigos, junto al puesto de pescado. Ese mismo día les comunicaría su decisión de instalar casa en Ilhéus, de traer a la familia. En todas esas cosas iba pensando mientras caminaba por la calle desierta cuando, al desembocar en el puerto, se encontró con el ruso Jacob, sin afeitar su barba pelirroja, despeinado, eufórico. Apenas vio al "coronel", abrió los brazos y bramó alguna cosa pero, excitado como estaba, lo hizo en lengua extraña, la que no impidió que el poco ilustrado plantador lo entendiese, respondiendo:

-Así es ... Por fin ... Ha aparecido el sol, mi amigo.

El ruso se restregaba las manos:

-Ahora pondremos tres viajes diarios: a las siete de la mañana, al mediodía, y a las cuatro de la tarde. Y vamos a encargar otros tres ómnibus.

Caminaron juntos hasta el garage, donde el "coronel", anhelante, anunció:

-Esta vez voy a viajar en esa máquina suya. Me decidí...

El ruso rió:

-Con la carretera seca, el viaje apenas si va a durar poco más de una hora...

-¡Qué cosa! ¡Quién lo diría! Treinta y cinco kilóme­tros en una hora y media ... Antiguamente nos costaba dos días llegar a caballo ... Pues bien, si Mundinho Falcáo llega hoy en el "Ita", ya puede reservarme un pasaje para mañana por la mañana . . .

-Eso sí que no, "coronel". Mañana, no.

-¿Y por qué no?

-Porque mañana es nuestro banquete celebratorio, y usted es mi invitado. Una comida de primera, con el "coronel" Ramiro Bastos, el Intendente -el de aquí y el de Itabuna-, el Juez y también su colega de Itabuna, Mundinho Falcáo, toda gente de primera clase ... El ge­rente del Banco de Brasil. . . ¡Una fiesta de echar la casa por la ventana!

-Quién soy yo, Jacob, para esos lujos... Vivo en mi rincón. ..

-;No señor, exijo su presencia! Será en el bar Vesu­bio, el de Nacib.

-En ese caso, partiré pasado mañana . . .

-Le voy a reservar lugar en el primer asiento. El estanciero se despedía:

-¿Realmente, no hay peligro de que ese artefacto se dé vuelta? Con una velocidad así ... Parece imposible.


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