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Mitos y leyendas

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Mitos y leyendas


Los mitos pertenecen a una época en que el hombre, incapaz de explicarse los fenómenos que en su entorno se desarrollaban, recurría a su imaginación.

El hombre mitológico (que vivió en el mito) sentía que el mundo estaba vivo, pero no tenía los elementos de información y conocimiento que tenemos hoy para conocer científicamente dicha vida. Para él, los fenómenos de la naturaleza no eran el resultado de leyes físicas, sino actos de personajes divinos, o sobrehumanos, con poderes buenos y malos.

La fantasía, la expresión poética, las impresiones producidas por los fenómenos naturales, eran la fuente del conocimiento humano.

El mito ayuda a conocer la vida del hombre antiguo y permite interpretar su pensamiento y sus acciones. Es una clave para reconstruir, trozo a trozo, el tiempo sin escritura. El dato mitológico es el auxilio de muchas disciplinas humanísticas y científicas que exploran el origen, el ambiente y el quehacer natural e intelectual del hombre.

Las leyendas son relatos eminentemente populares, por eso, el lenguaje que se emplea para contarlas, es siempre sencillo... Toda la leyenda, nace que de un hecho, que por sus características especiales, golpea la imaginación popular. Al trasmitirse oralmente, de generación en generación, se va modificando; llegando a veces a adquirir caracteres fantásticos.

Esta forma literaria está marcada por la naturaleza del lugar en que se origina. Su contenido tiene directa relación con la geografía, y con algún hecho real que, repetido y exagerado, integra el acervo folclórico.

La leyenda recorre los caminos y llega muy lejos de su lugar de origen. La imaginación popular va agregándole aventuras y desventuras que tienen que ver con las características de cada lugar por el cual pasa.

Algunas de las leyendas más conocidas en nuestro país son: Piratas en La Serena, El tesoro de sir Francis Drake, La Quintrala, Una ciudad sumergida y La Llorona, entre muchas otras.


Mitos chilenos

Cada zona de Chile tiene sus propios mitos. En el norte están La Cadena del Inca y el Barreterito (especie de duende que, en el fondo de las minas en receso, avisa a los mineros, con unos golpecitos que todavía existe una veta no explotada).

En el centro, sobresalen La Ciudad de los Césares, La Lola y La Mujer Larga (una mujer que sale de su tumba, en el cementerio de Paredones, a las doce de la noche. Su figura es muy larga, pero cuando alguien se le acerca, se achica y le crujen las enaguas. Al primer canto de gallo, vuelve a su sepultura).

Y en el sur, son conocidas: El Copihue "Rojo", El Río Damas y la Cascada del Velo de la Novia (en Peulla, provincia de Llanquihue, existe un salto de agua que se llama el Velo de la Novia. Se dice que si los enamorados beben tres sorbos de sus aguas, con fe y esperanza, se casarán).

Chiloé mítico

Una de las zonas más ricas en mitos y leyendas es la isla grande de Chiloé. La naturaleza, lluviosa y fría, el océano tormentoso y una vida sacrificada, es el marco en el que nacen las historias que, alrededor de una fogata, se cuentan y recuentan en noches de frío y tempestad. Dentro de las más conocidas se encuentran, el Trauco, la Pincoya, la Vaca Marina, el Gallo Culebrón y el Caleuche.


El Caleuche


Una de las tantas versiones de la leyenda del Caleuche, señala que es un buque que navega y vaga por los mares de Chiloé y los canales del sur. Está tripulado por brujos poderosos, y en las noches oscuras va profusamente iluminado. En sus navegaciones, a bordo se escucha música sin cesar. Se oculta en medio de una densa neblina, que él mismo produce. Jamás navega a la luz del día. Si casualmente una persona, que no sea bruja se acerca, el Caleuche se transforma en un simple madero flotante; y si el individuo intenta apoderarse del madero, éste retrocede. Otras veces se convierte en una roca o en otro objeto cualquiera y se hace invisible.

Sus tripulantes se convierten en lobos marinos o en aves acuáticas. Se asegura, que los tripulantes tienen una sola pierna para andar y que la otra está doblada por la espalda, por lo tanto andan a saltos y brincos. Todos son idiotas y desmemoriados, para asegurar el secreto de lo que ocurre a bordo. Al Caleuche, no hay que mirarlo, porque los tripulantes castigan, a los que los mira, volviéndose la boca torcida, la cabeza hacia la espalda o matándole de repente, por arte de brujería. El que quiera mirar al buque y no sufrir el castigo de la torcedura, debe tratar que los tripulantes no se den cuenta. Este buque navega cerca de la costa y cuando se apodera de una persona, la lleva a visitar ciudades del fondo del mar y le descubre inmensos tesoros, invitándola a participar en ellos con la sola condición de no divulgar, lo que ha visto. Si no lo hiciera así, los tripulantes del Caleuche, lo matarían en la primera ocasión que volvieran a encontrarse con él. Todos los que mueren ahogados son recogidos por el Caleuche, que tiene la facultad de hacer la navegación submarina y aparecer en el momento preciso en que se le necesita, para recoger a los náufragos y guardarlos en su seno, que les sirve de mansión eterna. Cuando el Caleuche necesita reparar su casco o sus máquinas, escoge de preferencia los barrancos y acantilados, y allí, a altas horas de la noche, procede al trabajo.

El Trauco

Posee un privilegio que se lo envidiarían seres de características tan vagas como el Chupacabras. Se sabe exactamente su altura: 84 centímetros. ¿Cómo? Tal vez su cercanía con los humanos, y en especial con las mujeres, ha permitido esa y otras certidumbres. Porque el Trauco, una transposición del viejo mito del fauno o sátiro, es sexista. A los hombres, les causa torceduras y otras deformaciones con las que, al parecer, venga sus propios defectos. Es bajo, contrahecho, de piernas cortas y chuecas que terminan en un remedo de pie sin talón ni dedos, lo que le hace cojear y le obliga a usar un bastón, el pahueldún, compañero inseparable que porta en la otra mano.


¿Y su relación con las mujeres?

Cuando encuentra a una mujer sola, su talante hostil y pendenciero desaparece para dar paso a la pasión. Para seducirla, no escatima promesas ni magias, como convertirse en un hombre joven y apuesto. Ahora, sí ese galán se parece a un chilote de carne y hueso, no es responsabilidad del Trauco.

La Pincoya

El folclor chilote está poblado de personajes míticos y de historias y leyendas de profunda raigambre popular. Entre éstos personajes, uno de los más famosos, son el Trauco, enano malvado que atrae y seduce a las mujeres jóvenes. También la Flura, el Millalobo, el Invunche, el Tacán, La Pincoya, el Ruende, La Viuda, la Voladora, el Camahueto, el Piguchén, el Balístico y el Cuchivilú, son entes que moran en la fantasía de la zona chilota. Sobre uno de estos míticos seres, la Pincoya, se cuenta lo siguiente: La Pincoya, es una sirena o ninfa que a veces anda acompañada por su marido, el Pincoy. Ambos son rubios. En algunas ocasiones, abandona el mar y va de excursión por lagos y ríos. Su misión es fecundar los peces y los mariscos bajo las aguas y de ella depende la abundancia o escasez de estos productos. Atrae o aleja de la costa a los peces y mariscos. Cuando un pescador ve de mañana surgir de las profundidades de las aguas a la Pincoya y ésta danza en la playa mirando hacia el mar extendiendo sus hermosos brazos, hay alegría en todos, porque éste baile es anuncio de pesca abundante. Si danza mirando hacia la costa, alejará a los peces. Si la Pincoya no favorece con pesca a un lugar, quiere decir que ha arrastrado la abundancia a otros más necesitados. Para ser favorecido por la Pincoya, es necesario estar contento; por eso los pescadores se acompañan de amigos o amigas alegres y reidores. Si pesca o marisca con mucha frecuencia en el mismo lugar, la Pincoya se enoja y abandona aquel frente, que luego queda estéril.

La Tradición del Diluvio: Ten-Ten y Cay-Cay

Hasta hoy, persiste entre los araucanos, la tradición de diluvio; pero los detalles se diferencian de una región a otra. Sin embargo, las diversas versiones coinciden en los puntos fundamentales. Se cuenta que, en tiempos remotos, hubo un gran diluvio o inundación, que los indígenas de la costa atribuyeron a una salida de mar, y los del interior, al derretimiento de grandes masas de nieve de la cordillera. Estos fenómenos se habrían producido por la voluntad de Cay-Cay, el espíritu de las aguas que, bajo la forma de una gran culebra, luchaba constantemente contra Ten-Ten, el espíritu de la tierra, también encarnado en otra culebra. Cay-Cay se propuso, finalmente, destruir la tierra con todos los seres que la poblaban, cubriéndola de aguas en toda su extensión. Pero, advertidos los hombres por Ten-Ten, se refugiaron en las altas montañas, lo que redobló la furia destructora de Cay-Cay. Las aguas siguieron subiendo de tal modo que Ten-Ten, se vio obligado a elevar la cumbre de las montañas, hasta las cercanías del Sol, lo que produjo la muerte por insolación de mucha gente. Agotada la provisión de agua de Cay-Cay, éste tuvo que retirarse bramando de despecho y de rabia, mientras las aguas comenzaban a bajar. Del diluvio, se salvaron los fundadores de todos los linajes mapuches conocidos. Otros hombres, que deseaban permanecer en la llanura, pidieron a Ten-Ten los preservara de las aguas convirtiéndolos en peces, anfibios, y rocas, y no recuperaron su forma humana. A veces, sin embargo, salían del mar en busca de las indias que iban a las playas a pescar o a mariscar y las acariciaban y luego tenían hijos con ellas. Ellos fundaron los linajes mapuches, que llevan apellidos de animales marinos.

La Virgen de los Hielos (Leyenda Antártica)

En este continente blanco y de la muerte, alguien vive. Sus habitantes se agitan, teniendo por medio al hielo y la soledad. Desde su centro se expresa eternamente con el frío en forma despiadada y feroz. En la Antártica se apoderan de los hombres los pensamientos obsesionantes y los temores, es el abrazo de la Virgen de los Hielos, que domina entre el viento y la nieve. El hombre, frente a un medio totalmente distinto al propio, reacciona en forma increíble, padeciendo las más absurdas dificultades. Empieza a perder la vivacidad. El silencio, la hosquedad, tristeza muda como de roca y finalmente el aullido lastimero, da rienda suelta a su desequilibrio provocado por el ambiente. Librado de los brazos de la Virgen de los Hielos, vuelve a la normalidad o anormalidad latente desatada en el medio.

Los Payachatas Leyenda de Tarapacá

Se cuenta que los Payachatas, los volcanes Parinacota y Pomerane, que levantan sus cumbres a más de 6.000 metros de altura, guardan un tesoro incásico, esto es: las estatuas de oro de los monarcas, que adornaban los nichos del Templo del Sol, en el Cuzco; las platas de las reinas del Santuario de la Luna, y multitud de otras riquezas. El tesoro de los incas que se salvó del rescate de Atahualpa, está escondido en su cumbre y, cuando la montaña está escasa de nieve, se ve perfectamente la escalinata que fabricaron los siervos del inca, para sepultar las riquezas de su amo, en el cono medio truncado del volcán.


Licán Ray (Leyenda de Cautín)

A la orilla norte del Lago Calafquén, vivía un cacique que tenía una hija llamada Licán Ray, orgullo de la comunidad por su belleza. Había llegado a los quince años y ya tenía muchos pretendientes. Pero su padre los rechazaba a todos, ya que encontraba pobres, los precios ofrecidos por ella. En esa época bajaban los españoles por el río en busca de plata y oro, construían fuertes cerca de las minas para defenderse si venían los indios a maloquear. Licán Ray, acostumbraba a bañarse todas las mañanas en el lago. Un día la sorprendió un capitán español, cuando ella salía de las aguas; semejaba una aparición brillante y coloreada con los primeros rayos del sol. El español se acercó y la muchacha, asustada, quiso huir, pero él le hizo comprender, con las pocas palabras mapuches que sabía, que no intentaba hacerle daño alguno, sino que había llegado ahí atraído por la belleza del paisaje. Para entenderse mejor, trataron mutuamente de enseñarse sus respectivos idiomas y siguieron viéndose todas las mañanas hasta que se dieron cuenta que estaban enamorados. Mientras tanto, el padre de la joven, ignorante de este idilio, había recibido de un cacique, la promesa de una gran dote por su hija y decidió casarla. Un día le comunicó que su boda se efectuaría en la próxima luna llena. La muchacha fue a reunirse con su enamorado y éste le prometió que esa noche huirían. Licán Ray, le advirtió que si eran descubiertos, les esperaba una muerte horrible a los dos. Pero el amor de los enamorados era más fuerte, que el temor a la muerte y decidieron escapar juntos. A orillas del lago se juntaron al anochecer y en una canoa llegaron muy silenciosamente, a una de las islas que parecía engalanada especialmente para su primera noche de amor. Los canelos brillaban como plata a la luz de la luna y sus flores blancas, se balanceaban tenuemente; al fondo el volcán lanzaba fogonazos, que iluminaban por segundos todos el contorno. Los enamorados estuvieron dos días sin encender fuego, hasta que por el intenso frío, al tercer día, prendieron una fogata. Los mapuches los habían buscado por los bosques vecinos; pero al ver el humo en la isla decidieron ir allá. La pareja, temiendo ser descubierta, se había ido a otra de las islas y así recorrieron las siete islas de Calafquén. La leyenda dice, que desaparecieron por el río y, posiblemente llegaron al mar. En las noches de luna llena, los indígenas, dicen ver una pareja de enamorados que huyen en una canoa.

La Leyenda De Las Tres Pascualas:


Al final del siglo XVIII, tres muchachas llamadas Pascuala iban a lavar ropa a una laguna, como en aquellos tiempos lo hacían casi todas las mujeres pobres de la ciudad de Concepción. Era realmente un espectáculo pintoresco y lleno de vida el que ofrecían esas hileras de mujeres que en la mañana y en la tarde iban a lavar a la laguna.
Cuando llegaba la tarde, o mejor dicho la oración, emprendían el camino de regreso a sus hogares. La mayoría eran lavanderas de profesión, como las tres Pascualas.
Caminaban con sus grandes atados de ropa que llevaban generalmente sobre la cabeza.


A menudo marchaban cantando o conversando en alta voz.

Era agradable el cuadro multicolor que ofrecía la laguna con la ropa de distintos colores que flotaba al viento o estaba tendida sobre las ramas y que se distinguía desde lejos.
Una tarde, cuando otras compañeras llegaron hasta la laguna, encontraron flotando los cadáveres de las tres Pascualas. ¿Cuál fue la causa de esta desgracia?
Se asomaron tanto al agua que cayeron y no pudieron salir, pereciendo de este modo.
Las tres Pascualas amaban a un mismo hombre, y después de larga meditación en la noche anterior, resolvieron poner término a sus días, arrojándose a la laguna que era su propio sustento.


Llegaban hasta la laguna todos los días a lavar; mientras realizaban su trabajo, entonaban hermosas canciones.


Un día llegó hasta la casa de las tres muchachas un forastero en demanda de hospedaje, el que fue acogido gustoso por el padre de las jóvenes.


Todos los días, al morir la tarde, regresaba hasta la casa el solitario forastero y miraba a las Pascualas que volvían cantando, al aire sus trenzas rubias y su atado de ropa sobre la cabeza.
El joven se enamoró de las tres hermosas muchachas y cada una, en secreto, le correspondió su amor. No sabiendo a cuál de ellas elegir como su esposa, en la noche de San Juan les dio cita a las tres en la orilla de la laguna.


A las doce de la noche el forastero remaba, pero desesperado al ver reflejarse en las plateadas aguas a las tres Pascualas, comenzó a llamar: ¡Pascuala...! ¡Pascuala...! ¡Pascuala...! Las tres, al sentir su nombre, se creyeron elegidas y comenzaron a entrar en las traicioneras aguas. Desde entonces, en las hermosas y encantadas noches de San Juan, a las doce, se ve un bote, y entre el croar de las ranas surge una voz que llama
desesperadamente a las mozas (Versión de Oreste Plath).

La Cueva De San Julián



En la vecindad de Ovalle (Chile) está la Cueva de San Julián. En una ocasión se encontró un campesino con un antiguo conocido, el que lo invitó a una fiesta en una parte que él sabía. El campesino aceptó y, de pronto, el amigo sacó de un calabazo, o mate, un ungüento y se lo puso en las axilas. Le aconsejó que diera con él tres pasos hacia atrás y exclamara con él: ¡Sin Dios ni Santa María!, ...y salieron volando.
Llegaron a una cueva la Cueva de San Julián-, donde se celebraba una fiesta muy alegre


y donde el campesino se encontró con personas que hacía algunos años habían desaparecido de este mundo. Se encontró específicamente con una amiga y comenzó a recordar con ella gratos momentos pasados.


A la mañana siguiente despertó en un escampado, molesto por el sol que estaba quemando, y lo extraordinario es que estaba unido a una osamenta de vaca de huesos albos. Tenía sed y mal gusto en la boca, y se acordó que antes de ir a la fiesta tenía unos dulces en el bolsillo y que era ésta la ocasión para servírselos. Al buscarlos se halló con que estaban convertidos en excremento de animal.


El Diablo En Tamaya



Cuentan que hace años el cerro Tamaya era un mineral muy rico. El oro brotaba por todos lados y en abundancia.


Por ese entonces se trabajaba en cuadrillas de mineros que arrancaban el precioso metal a combo, cuña, picota y pala.


Una de esas tardes llegó a pedir trabajo un extraño y corpulento hombre; al hablar con el jefe le dijo que era barrenero, que producía bastante, pero que ponía una condición: trabajar solo y de noche. El jefe lo contrató y esperó para comprobar el producto de su trabajo. Grande fue su sorpresa al día siguiente- al ver la gran cantidad de oro extraído por el trabajador.


Esa noche picado por la curiosidad-, el jefe lo siguió para ver de dónde y en qué forma sacaba el mineral. Observó que el extraño hombre se sacaba la ropa y se convertía en un gran toro negro, que a cornadas embestía el cerro arrancando grandes cantidades de oro. Impresionado y asustado corrió al pueblo en busca del cura para bendecir el lugar.

A la noche siguiente fueron el jefe, el cura y un grupo de mineros al sitio donde trabajaba el individuo. El toro, al ver al cura con un crucifijo en la mano, enloqueció y, embistiendo desesperadamente contra la roca, hizo un gran agujero, por donde salió dejando un fuerte olor a azufre.


Según cuentan los que conocen la leyenda, era el diablo quien custodiaba la mina y que, al irse éste, desapareció la mayor riqueza del yacimiento aurífero del cerro Tamaya.


La Doncella Del Valle Del Encanto



Narra la leyenda que una doncella realizaba misteriosas y fugaces apariciones en lo alto del Peñón del Encanto, resplandeciendo de oro su cabellera y alba de tules su figura. Por extraño encantamiento de malabares, unas naranjas de oro rodaban por el aire, yendo de una de sus manos a otra y viceversa. Cuando alguien intentaba aproximársele, la figura se esfumaba no dejando rastro alguno.


Quiso en una de esas esotéricas apariciones que la viera un indígena, el cual se prendó de tal belleza y, poseído por una obsesión rayana en lo pertinaz, día y noche aguardó tan esperada presencia. Muchas veces la volvió a ver y, cegado, raudo se le aproximaba.
Pero, tal cual era el designio, cuánto más se acercaba, la figura íbase desvaneciendo hasta desaparecer completamente, rompiendo así el hechizo.


Mas, una noche estrellada, el obcecado hombre logró llegar sorpresivamente hasta ella y, al extender los brazos para cogerla, la luz dorada que despedían sus cabellos y las naranjas de oro lo cegaron. Cerró fuerte los ojos doloridos y, al reabrirlos, comprobó que el encanto nuevamente había desaparecido.


Loco por el dolor punzante, decepcionado por la cruel realidad de sus manos vacías, se arrojó desde lo alto del peñón al vacío. Su cabeza azotó contra la mesa de piedra bajo el peñón, terminando así con su miserable existencia y su ilusión amorosa rota.

El Chonchón


El Chonchón es un pájaro castellano (gris ceniciento), del tamaño de una tagua. Se cree generalmente que es gente que huele a brujería; que después de ponerse unas unturas en la garganta, sale a volar sólo la cabeza alada, dejando el cuerpo en la casa. Al emprender el vuelo dicen: Sin Dios, sin Santa María, y si por equivocación profieren otras palabras, se dan un porrazo madre (una gran caída). Volando se dirigen a la Cueva de Salamanca, cita en San Julián, en cuya cueva celebran el convite o conciliábulo, que termina ya parte para el día (poco antes de amanecer).

En los cantos populares recitan este cuarteto:


Tu padre sería brujo,

como Chonchón se volvía,

y hacía: tué, tué, tué

cuando de noche salía.

Al oír que pasa volando el Chonchón cerca de nosotros, hay que decir: ¡Pasa Chonchón tu camino!. Si le decimos: ¡Vuelve mañana por sal!, se presenta al día siguiente una mujer vieja y pobre a pedir explicaciones por la broma de la noche anterior.
Cuando un brujo se ha puesto los untos e ido a volar, dejando el cuerpo en la casa, es necesario que se ponga otros untos cuando haya vuelto, para que se le pegue la cabeza al cuerpo. Si le ocultan el unto o se lo destruyen (el brujo o, lo que es lo mismo, el Chonchón) se mata, aporreándose por el suelo.


Para aprender a brujo hay que soportar tremendas pruebas de arrojo y repugnancia; y si (el individuo) aguanta, es llevado a un festín tan espléndido como el bíblico de Baltasar, en que el servicio es de oro y plata. Y si recibe un objeto para llevar de recuerdo o se roba una pieza de rico metal, tiene que echarla al fuego para que conserve su valor; si no, se le vuelve estiércol de vaca...


Para cazar un Chonchón o brujo volando hay que rezar la siguiente oración: ¡San Cipriano va para arriba, San Cipriano para abajo!, repitiendo muchas veces lo mismo y sosteniendo en una mano una vela de bien morir y, en la otra, un cuchillo de cacha de belduque. Con esta manifestación, el Chonchón cae al suelo, donde es cogido y quemado. Cazado así es como se ha visto que es pájaro castellano.


Las Animitas


El pueblo chileno es tradicionalmente religioso, aunque esta fe -más espontánea que culta- siga desorientada. Las huellas de un pasado de temores reverénciales y supersticiones, se exteriorizan en prácticas de un culto reñido con los principios religiosos de dogmas generales de la Iglesia.


Manifestaciones de esa reverencia a lo sobrenatural es el culto a las animitas, entendiéndose por tales a los espíritus que vagan en un mundo taumatúrgico, sobrehumano, después de una muerte trágica: accidente, suicidio o alevoso homicidio.
En todas las rutas y encrucijadas suburbanas y rurales de Chile hay, en los márgenes de los caminos, esas pequeñas y modestas capillas en que el altar misérrimo es una cruz protegida bajo un alero de piedras o ladrillos, preferentemente. Algunos envases de hojalata sirven de candeleros, y unas flores y unas coronas de papel de colores abigarrados son las espontáneas ofrendas. En estas aras humildes, que suelen adquirir en su nombradía la categoría de santuarios populares, se venera al difunto y se impetra su milagrosa intercesión.


Aquí, el pueblo aguarda el milagro con la fe de los sencillos, y la esperanza que puede albergar un alma simple y creyente.

El Mal De Ojo



El ojeo o mal de ojo es una de esas potencias malignas que poseerían ciertas personas, conscientes o involuntariamente, que causan el malestar en los seres de la tierna edad. Un ojeo puede presentarse de dos maneras: como ojo callado, que se manifiesta cayendo el niño en un profundo sueño y exhalando débiles quejidos, como ojo llorado, que es cuando el infante lloriquea y grita sin descanso.


En ambos casos, una persona que no sea de la familia prepara la contra: un zumo de palqui con sal. Esta le pinta al enfermito la frente, las articulaciones, las manos y la planta de los pies. Además, la espalda y la parte del corazón, colocándole un poco de zumo dentro de la boca. Entonces el niño suspira, duerme y... se pasa el ojeo.
Sin embargo, la mejor prevención contra el mal de ojo es el uso del color rojo. Basta una lanita encarnada, puesta al cuello, sosteniendo una medalla religiosa, formando parte de un gorro, escarpines o cualquier prenda de ese color para ahuyentar el daño. Si por desgracia éste ocurriera, habrá que destruir el mal con los otros siguientes procedimientos:

-Se le pone al niño ojado la camisa de un Juan (alguien que lleve ese nombre).


-Se pasa el niño en cruz, y por tres veces por encima de una planta de palqui.


-Se hacen sahumerios con tierra de las tres esquinas o nido de diuca.


-Se le pone ají tostado en cruz sobre la cabeza y se le recitan oraciones.


El mal de ojo puede recaer también sobre los animales. Los animales guachos son igualmente vulnerables al ojeo, tanto como las plantas.


Las Aventuras de Chalwa y Curiñancu (relato mapuche)



Las ñancus (águilas) volaban plácidamente en el cielo azul vigilando todo el sur de Chile. Los altos picos, cubiertos de nieves eternas, eran su paisaje predilecto. Con sus alas extendidas volaban, una cerca de la otra, cuidando siempre el hermoso río que nacía de la majestuosa laguna Galletué (lugar de hualles).


Las águilas, para los mapuches, son guerreros del sol, pues siempre aparecen del este. El sol les enseñó a vivir en lugares montañosos y sus nidos los hacen en sitios abruptos e inaccesibles. Muy cerca de su nido se encuentra siempre el ñancu-lahuen (ñancu: águila; laguen: medicina), un arbusto muy medicinal que sirve para sanar muchas enfermedades. Son muy rápidas en su vuelo y representan el poder y la fuerza. Con su

vista microscópica son capaces de ver un pez en el río desde mucha distancia.

En el nido aún quedaba un huevo, que se movía buscando la luminosidad del sol; lentamente comenzó a romperse para ver la luz del día, mientras en las alturas un aguilucho era testigo de este nacimiento. Llegaba Curiñancu (águila negra), y el águila sagrada emprendía el vuelo llevando en su pico una pichivilú (serpiente pequeña) como primer alimento para su pequeño retoño, a quien acurrucó entre su plumaje.

Curiñancu comenzó a crecer muy rápido y con un cierto temor a volar. Prefería caminar por los alrededores de su nido y mirar los volcanes, que muy juntitos se extendían a sus pies. Eran el copahue, mocho, tolhuaca, llaima y tantos más que adornaban el sur de Chile.

El pequeño Curiñancu disfrutaba mirando el gran río, que se extendía majestuoso desde la laguna Galletué, donde nacía, buscando su ruta entre las grandes montañas. Observaba el hermoso color del agua, que como una preciosa joya enceguecía sus ojos con el resplandor.


Siempre le gustaba merodear dando pequeños vuelos, buscando los picos más fáciles y siguiendo consejos de sus padres de no arriesgar su vida hasta que sus alas estuvieran firmes para sostener su cuerpo. Sin embargo, Curiñancu prefería caminar; encontraba más seguras sus piernas, que ya empezaban a desarrollar músculos.


Un día en que sus padres salieron a recorrer otras montañas, Curiñancu decidió intentar un vuelo más largo que lo habitual. Con el kurruf (viento) en contra, y a pesar de sus desesperados aleteos, muy cansado, se fue en picada hacia el abismo profundo. Al chocar con la tierra, un pequeño rasguño en su ala dejó escurrir unas gotas de sangre y, así, a muy mal traer, logró levantar sus ojos y observar frente a sí al carnicero más grande de América Latina, con sus garras listas para embestir. Observó sus tremendos músculos y sus colmillos tan blancos como la nieve. En este encuentro se da cuenta que

no es comida para él. El pangui (puma, león entre los mapuches) pudo distinguir que era el águila sagrada y, al acercarse a Curiñancu, lentamente comenzó a lamer sus heridas y, luego, con su pelaje aleonado, a cubrir del frío a Curiñancu, dejándolo dormir hasta recuperarse.

Horas después, al despertar tan fortalecido, Curiñancu y el pangui estrechan una profunda amistad. En ese momento, entre esas grandes montañas, el Ñancu decide quedarse en la tierra y transformarse en el gran guerrero de la montaña sagrada del sur de Chile.


Con su amigo, el pangui, recorren montañas y valles. Llegan a los pies del volcán Llaima y allí deciden construir su kuramalal (fortaleza de piedra). Para el frío, Curiñancu sube al volcán Llaima a traer kitral (leña) y puede así mantener su hogar caliente. Muchos animales vienen a visitarlos, y cada uno de ellos les enseña algo de su sabiduría. Llegó el pakarwa (sapo) y le dio la clave de los grandes saltos, como él lo hace. También llegó la vilu (serpiente) y le mostró cómo camina y cómo en cada primavera cambia su ropaje. Además, le dijo a Curiñancu que conversara con la kuse llallín (araña) para pedirle que le teja un pantalón. Así, Curiñancu decide llamar a la kuse llalín, la que llegó caminando con sus largas patas y se dedicó por un momento a inspeccionar el kuramalal, como ideando lugares donde tejer sus redes. Curiñancu le solicita un pantalón bien firme, y la kuse llallín le teje uno de color negro, como lo usan los grandes guerreros.


Así transcurre la vida de Curiñancu, hasta que un día, luego de recorrer sus dominios, comunica a sus amigos que ha decidido bajar al valle y conocer más allá de donde pueden ver sus ojos. Convertido en adulto, Curiñancu hablará con el rere (pájaro carpintero) para que le enseñe a construir un wampu (barcaza) y pueda seguir el rumbo que lleva el gran río sagrado. El rere es un gran carpintero y le habla a Curiñancu del viejo pehuén (árbol de la Araucanía; sagrado y sustento de los pehuenches, gente del pehuén), que soporta fuertes kurruf, capaces de mover una montaña y que dura mil años.

Curiñancu sabe que el rere es el mejor conocedor de las maderas, porque se pasa toda su vida taladrando árboles y, por lo tanto, seguirá su consejo. Sube a las montañas a buscar el tronco. Luego, sobre sus hombros fornidos lo lleva a sus uñas, dando forma a su wampu. En un día muy hermoso, cuando la embarcación está lista y el sol empieza a iluminar las montañas, Curiñancu decide lanzar su wampu al agua. Todos sus amigos lo vienen a despedir; el pangui quedará a cargo de toda la montaña, la kuse llallín ha quedado encargada de cuidar la ruka (casa), para lo cual ha tejido una poderosa red en la entrada. Curiñancu ya está listo para partir.


Muy pronto domina su nave, y desde la orilla lo contemplan sus amigos mostrando en sus ojos mucha emoción. De esta forma, Curiñancu inicia su viaje llevando su wampu hacia la desembocadura. Busca la corriente que lo llevará por nuevos torrentes y peligros que deberá afrontar entre las colinas.


De pronto, al pasar por un torrente, Curiñancu vio que algo salpicaba al lado de su

wampu. Los grandes saltos llamaron su atención. Decide saludar:


-Marri Marri Chalwa (hola salmón)


-Marri Marri Curiñancu (hola Curiñancu)


-¿Cheu amualmi feula? (¿Dónde vas ahora?)


-Amuy lafquenmeu (Voy en busca del mar)


-Amuyu Curiñancu (Vamos los dos, Curiñancu)


-¡Feley! (Está bien!)


Así, los dos deciden viajar juntos. El Chalwa comienza a relatar a Curiñancu que sus padres conocieron el Lafquen (mar). Le contó que allí el agua es salada y que ellos recorrieron enormes distancias, que fueron a varios países y que volvieron a la montaña sagrada cuando iba a nacer. Le dijo que toda su familia hacía estos recorridos y que sus padres, ya muertos, dejaron sus espíritus en la montaña. Curiñancu comprende ahora la vida del salmón (antes era su alimento predilecto). Conversan sobre la pureza y frescura de las aguas en la montaña y el Chalwa recuerda con alegría los rápidos de ese río querido, donde podía dar grandes saltos y jugar sin límite. El Chalwa ha decidido cuidar el viaje de Curiñancu, por lo que se adelanta de vez en cuando y va dirigiendo la barcaza.

Por las noches descansan en los remansos del río, mientras las estrellas brillan en el cielo infinito. En los acantilados y laderas de las montañas, como enormes gigantes petrificados, la hermosa kuyen (luna) se refleja como en un gran espejo de plata. El Chalwa salta feliz mientras caza algunos mosquitos y acompaña la divertida aventura de Curiñancu, quien recuerda su infancia de halcón sintiendo el kurruf en su plumaje. Se saludan todos los días:


-Marri Marri Chalwa (Hola salmón)


-Marri Marri Curiñancu (Hola Curiñancu)


-¿Kumelekaimi? (¿Cómo estás?)


-Kumelen (Estoy bien)


-¿Ayukuleimi? (¿Estás feliz?)


-May (Sí)


-Amuyu Lafquenmeu (Vamos al mar)


-Feley (Bien)


Entre los remansos juegan a distinguir los árboles nativos que adornan el contorno del Leufu (río). Las hermosas flores entre las rocas parecen fósforos relucientes por las corrientes. De pronto los ruidos anuncian los rayos. El Chalwa va dirigiendo el wampu, mientras el agua al chocar con la balsa levanta mucha espuma.


Un día, en forma inesperada, el cielo se empieza a oscurecer, anunciando la proximidad de una tormenta y el inicio de un gran peligro para la aventura. La lluvia comienza a hacer estragos en las colinas y el Leufu se convierte en un torrente turbio por las pequeñas cascadas de barro que se han formado. Curiñancu espera hábilmente el tralka (trueno) y el llifke (relámpago) para avanzar, gracias a lo cual descubren un refugio para pernoctar y protegerse de la lluvia. Curiñancu utiliza la luz de la luciérnaga para iluminar la caverna, y recuesta su cuerpo en la tibieza de la tierra para reposar y dormir. Al otro día, nadie hubiera pensado que la lluvia había estado presente:


-¿Kumleimi Curiñancu, Umaueimi? (¿Cómo estás Curiñancu, dormiste bien?)


-May (sí)


-¿Ayukuleimi? (¿Estás feliz?)


-Amuyu wenuy (Vamos los dos, amigo)


Siguen su viaje muy felices en compañía del antu (sol) y el kurruf; sin embargo, repentinamente su alegría se ve truncada, pues al girar en un recodo de las montañas más altas, un gigante les espera para cortarles el paso. Ambos están perplejos. Una inmensa mole de cemento tiene aferrada para sí toda el agua del leufu y sólo deja escurrir una pequeña cantidad por su boca, mucho menor al cauce original. Los amigos se quedan mirando y comentan:


-¿Chumngechi rupay, Curiñancu? (¿Cómo pasaremos, Curiñancu?)


-Ñochi, ñochi, Chalwa (Calma, calma, salmón)


Curiñancu piensa rápidamente. Debe terminar su viaje, pero no puede dejar a su amigo en la mitad del camino al Lafquen. De improviso, mirando al Chalwa, exclama: ¡Marrichiweu! (¡Lo tengo!)... vadearemos este lugar y pasaremos entre aquel bosque de canelos y lingues. Yo moveré la nave y más abajo nos uniremos al leufu. El Chalwa, sin embargo, no estaba tranquilo (¿Pero, cómo iré yo, Curiñancu, si no puedo estar mucho tiempo fuera del agua?).


No te preocupes-, le contestó Curiñancu. Colocaré dentro del wampu una cierta cantidad de agua del leufu; tú saltarás dentro, y así nos llevará a ambos. El Chalwa, emocionado, le responde: Qué inteligente eres, gran capitán, guerrero de la montaña; yo me entristecí pensando en que hasta aquí no más te acompañaría en el viaje. Acepto encantado tu plan).

Curiñancu, entonces, dirige su wampu hasta la orilla. Allí se baja y comienza a echar agua. Una vez completada una cantidad suficiente, le pide al salón que salte y, como en una pecera, se zambulle muy feliz. Curiñancu ha comenzado a deslizar la canoa por entre los árboles; las hojas caídas le son de gran ayuda, luego de amarrar la embarcación con los hilos de su chiripa (pantalón), que tan firmemente había tejido la kuse llaullín para él.


Trabajosa ha sido la labor para Curiñancu; ha vadeado la gran mole de cemento, creada para detener al gran río Bío Bío, cortándole velocidad y fuerza. Sin embargo, lo que más entristece a Curiñancu es ver cómo la muralla aquella aprisiona al gran leufu, y cómo tanta naturaleza va quedando sumergida bajo el agua. Bosques de canelos, pehuenes, avellanos y todo el bosque nativo existente en esa zona descansan bajo el nuevo caudal creado por el huinca (hombre).


Curiñancu regresa a las márgenes del río buscando su camino. Piedras descomunales obstruyen su paso, mientras el diminuto cauce sigue persistiendo en llegar al océano. Hasta que lo logra. Ahora está preparado con su amigo Chalwa para seguir la aventura, que estará llena de sorpresas.


Más abajo se encuentra con muchos pueblos, y con gran tristeza observa cómo se han ido depositando en el caudal los nuevos desperdicios de las ciudades. Curiñancu advierte a su pequeño amigo Chalwa de los cuidados que deberá tener con su alimentación, y le dice que vea cómo el hombre de hoy va destrozando la tierra, sus recursos, y cómo las empresas van arrojando sus desechos contaminantes en el lecho del río sagrado.
Los amigos llegan donde el río se une con el mar. En este lugar, a Curiñancu se le hace más difícil manejar su embarcación por el oleaje. El Chaiwa debe tomar un tiempo para aclimatar su cuerpo a esta nueva agua, muy salada y picante. Pero, muy felices empiezan a descubrir todo un mundo de nuevos amigos. Curiñancu y el Chaiwa están contentos, a

pesar de todo. La gaviota marinera y la nutria les dan la bienvenida, además de la cholga y los locos que están aferrados al roquerío. Ellos van saludando a todos los que ven. Saludan a la jaiba con su elegante caminar; a la tortuga con su inmensa caparazón a cuestas, su lento caminar y tierna mirada; a las truchas y jureles. Conocen al pez volador, que les ha presentado al pez luna y al pez sol y a la sierra. El calamar se ofrece como voluntario para impulsar el bote y darle velocidad, mientras el Chalwa se ríe de los notables bigotes de su amigo el lobo marino. Una foca saluda a los recién llegados, mientras que un delfín ha empezado a saltar junto a su wampu. Curiñancu saluda amablemente a la ballena austral, y en sus ojos ve las lagrimas y la melancolía de quien ha perdido a muchos de sus familiares por la salvaje persecución del hombre civilizado.

Más allá vuela el pelícano, que los detiene y le dice a Curiñancu que vuelva rápido a su tierra porque hay allí contaminación. En las grandes extensiones de mar hay esparcidas negras aguas, donde cientos de peces mueren por el petróleo. Liquidan sus pulmones y mueren lentamente con sus cuerpos ennegrecidos y pegajosos.


Pero, lamentablemente, la advertencia ha sido muy tarde. Curiñancu encuentra a su amigo Chalwa moribundo en la superficie del agua (Grande ha sido el pago por conocer otras tierras, por conocer otros mares-, piensa).


-Yo te llevaré a la tierra, querido amigo Chalwa. Debemos hallar alguna solución a tu

enfermedad.

Al depositar a su amigo en el suelo, Curiñancu anhela tener sus alas de águila para poder llevarlo donde alguna machi (curandera sabia de la cultura mapuche). Con este deseo, por un instante Curiñancu cierra sus ojos aguiluchos y empieza a sentir cómo la basa del viento lleva su espíritu hasta el Nahuelbuta. Allí existe un ñankura (piedra del águila) donde los más poderosos jefes mapuches enterraban a sus seres queridos en un eltun (cementerio). Recuerda Curiñancu que allí crece una planta resucitadora de los moribundos el latue-, que debe usarse sólo antes de que se le aleje el espíritu al enfermo. En tanto, su amigo Chalwa aún mueve su cola, dando así señales de vida.


Curiñancu se arrodilla y pide a Chau Dios, creador de todo el universo, que por única vez y con el propósito exclusivo de sanar a su amigo, lo deje volar. El Padre Dios, al verlo tan acongojado, le devuelve sus alas. Curiñancu se convierte así, nuevamente, en un águila ligera. Con sus alas extendidas y su mirada microscópica se eleva hacia el cielo infinito en busca de la gran Nahuelbuta, de la montaña del tigre y el ñankura con su provisión del latue.


Curiñancu va rompiendo el aire y las nubes. Recuerda los riscos y las montañas, su vida de águila y a sus padres. Observa conmovido la cordillera de Nahuelbuta, que protege al hombre del mar. Piensa en el Padre Dios, que ha dotado de tanta belleza la inmensidad de las tierras mapuches.


Al fin llega y ve las flores que parecen resguardar el espíritu de Caupolicán, Lautaro y Galvarino. Pidiendo permiso a la naturaleza, escoge la más alta y vigorosa, e inicia rápidamente el regreso. No hay cansancio ni pereza. Su plumaje hermoso, como suave seda, adorna el cielo celeste y, al tocar nuevamente la orilla del río, se convierte en el antiguo guerrero de la montaña. Estruja la planta, y con pequeñas gotas va reviviendo a su amigo. Limpia su cuerpo con una suave alga y, lentamente, Chalwa, su compañero, revive, moviendo su cuerpo.


Curiñancu está feliz. Lágrimas de felicidad brotan de sus ojos. Agradece a Chau Dios por ser tan bondadoso con él, y se compromete a extremar los cuidados de su amigo. Sube a su wampu y, con el impulso del calamar, continúa junto a Chalwa su travesía por los mares. Tras sí dejan estelas de alegría y muchos, muchos amigos, que pudieron apreciar el gran corazón de Curiñancu en su paso por aquel lugar.

La Lola

En la provincia de Antofagasta, en la época de los descubrimientos, fue muy conocida una mujer de rara belleza llamada LOLA. Para el que no la conocía, su fama misteriosa y vaga, era como una mujer de embrujo.

Su padre, llamado Pedro, vivía para cuidar a su hija y distanciarla de sus enamorados. Este hombre era conocido por el apodo de Vagabundo, por sus búsquedas de minas en una época, y después por sus viajes por la costa en un barquichuelo de su propiedad.

La hija, vigilada de cerca y de lejos por su padre sembraba entre los hombres ilusiones y desengaños; y entre las mujeres envidias y rencores. Hasta que un día un joven es su preferido, pero él veía en ella la figura querida de una ausente. Pero, llegó la mujer que ocupaba su corazón, y al verse ella desplazada, despechada, pronto se transformo en la más terrible celosa.

Vivía odiando a la rival, que era una hermosa rubia.

Atisbaba día y noche a la feliz pareja y se consumía de celo y pasión.

Una noche, descalza y silenciosa llego a la pieza donde dormía tranquilamente el hombre que la hacia sufrir y hundió profundamente en su corazón un puñal, y huyo hacia los cerros dando gritos, alaridos


Al día siguiente, conocido ya el crimen el padre sale en busca de la hija y el sol, la sed y el silbido del viento terminaron con él.

Después de mucho tiempo regresa ella al poblado víctima de la locura, solo sabiendo reír, hasta que murió.

Desde entonces la LOLA y su espíritu vengativo recorre los cerros.

Juan Soldado

Es un cerro de la Serena

Su nombre era Juan Díaz y su apodo de Juan soldado  le venia de su comportamiento  demasiado orgulloso  par su modestísima  condición de hombre de pueblo, sin bienes, dueño de una simpatía innata. Siempre sacaba en sus conversaciones  sacaba a relucir su calidad de " Soldado de Don Juan de Austria, hijo de Felipe IV".

Por problema de honor en 1681, se iba a tirar a duelo con dos varones que al final no se realizo y acusaron a Juan Soldado, y el  cura del pueblo y en el sermón dominical lo expulso de la ciudad por ofensor de las buenas costumbres de la sociedad serénense. Juan marcha al destierro con la cabeza en alto y paso firme. La paz volvió al lugar.
Tiempo después, cuando el asunto aprecia olvidado, fueron encontrado muerto a los dos hombres que intentaron tener el duelo con Juan Soldado, Se promulgaron bandos para encontrar a Juan Soldado pero se dio el tiempo sin encontrar su paradero y la vida volvió a su curso normal.

Años después, lo que se aventuraban a cazar, ir por leña o pasear  por el cerro ubicado al norte de la serena (1170 metros  y  a 35 Km. del río de  Coquimbo)se encontraban con un venerable anacoreta  llegado de lejanas de tierra. Este era el primero en avisar con una fogata la llegada de alguna nave que podría ser pirata.

El curita proponía  al anacoreta  como modelo de virtud. Así pasaba el tiempo y se le daba las gracias lo benéfico de la presencia del ermitaño.

Paso el tiempo y fue encontrado muerto el santo Varón y fue reconocido era Juan Soldado y  de ese entonces el cerro lleva este nombre.


La Princesa y El Toro

En el cerro La Gloria, en la Pampa Soronal, algunas noches aparece una princesa cubierta con una especie de túnica blanca con un gran lazo en la cintura, sus pies con sandalias y sus cabellos adornados con una diadema que resplandece en mil colores, su rostro joven y hermoso, refleja una gran angustia.

Y pide con acento de suplica, que no la dejen sola, que la defiendan de un gran peligro que la acecha.

Hombres le han preguntado cuál es su temor y se han puesto a su disposición.

Me he extraviado! - es su respuesta -.Y sé que desde arriba de este cerro vendrá el peligro, no sé cuál es, pero será mortal para mí si no me defienden.

La joven entrega al hombre un puñal que saca de sus vestimentas, para que se enfrenten con el peligro.

Al cabo de un momento se oye un ruido ensordecedor y se ve bajar a velocidad endemoniada un enorme bulto rodeado de fuego y polvorees un gran toro con piafar estremecedor, viene echando fuego por los ojos, cuernos y hocico. El espectáculo es terrorífico y espeluznante.

Al ver la visión demoníaca del sujeto da media vuelta, bota el puñal y huye hasta desaparecer en la noche para siempre.

El toro con una gran explosión se estrella contra la joven y ambos se esfuman tras una gran nube de tierra.


Leyendas y mitos de la pampa


La vida ligada al salitre guarda sabrosas historias de extraños seres que deambularon entre la imaginación y la realidad. Es el legado oral de la riqueza del "oro blanco"


Al igual que los cuentos. Había una vez un lugar del mundo donde las estrellas prácticamente se podían agarrar con ambas manos, donde no habían estaciones y los puntos cardinales pasaban a ser casi una anécdota ante el incesante trabajo en las calicheras.


Aquí habitaban y aún habitan, personajes eternamente buscadores, metafóricos... lúdicos... forjados bajo el rigor de las herramientas y el sol desentrañando el preciado salitre.


Los ancianos que cuando niños se deslumbraron con añosas películas, corretearon por las plazas y pulperías de cientos de ex oficinas salitreras diseminadas en la Segunda Región, entre los sones festivos de una banda con ritmo de charleston, hoy se acomodan en sus asientos y echan a correr los sueños mirando al infinito con una chispa en los ojos y una gran sonrisa cargada de picardía. Con sus relatos son capaces de combinar la poesía, la pasión y hasta la locura. Pero es precisamente allí, en sus mentes, donde se conservan los recuerdos más vivos y preciados de ese territorio único en el planeta... la querida pampa, que transformó el desierto en una manera de vivir sin precedentes en el mundo. Pedro de Valdivia, Vergara, Pampa Unión y Chacabuco son algunos mudos testigos de una historia de grandeza que no volverá a repetirse, donde el mito y la leyenda pasan a convertirse en un recuerdo de hombres que vivieron en torno a la riqueza del caliche, provenientes desde diferentes rincones del mundo.

 

MISTERIOS


Y es que el viajero que habitualmente se aburre de pasar en medio de piedras, tierra y colores café, el que asegura que allí no hay nada más que la nada, a simple vista no percibe los misterios ocultos junto a los cientos de kilómetros de carretera adornados por ruinas y cementerios con cruces de madera, en una curiosa combinación de vida y muerte.


Aquí miles de calicheros laboraron por años más allá de cada ruinoso muro, cada pedazo de riel hoy apenas visible o cada historia formal contada en libros plastificados.

Lo que pasa, cuentan los pampinos, es que los espíritus mágicos viajan solos, montados en los fabulosos colores de la puesta de sol o en medio de algún árido cementerio pampino.

Hay que buscar. Ir a un pueblo fantasma de la época (pintado de sepia o blanco y negro) y mirar entre los vestigios de una casa obrera... hasta una vieja etiqueta insinúa que allí hubo algo más vivo que las simples piedras.

 

LEYENDAS


Son leyendas que inundan la tranquilidad de un mundo aparentemente dedicado a producir y producir, personajes que nacen y mueren como un pueblo abandonado. Aquí también surgen fantasmas y hasta muertos en vida, que recorren aquellos parajes en donde alguna vez nacieron, crecieron, vivieron, amaron locamente y buscaron fortuna.

Es cierto, todo es seco y despoblado, pero enigmático. Fantasmal. Cargado de almas perdidas. Animas sin nombres ni apellido. Almas sin destino.

Y es que, sin duda, el encantamiento de estos lugares nace justo cuando la piedra estalla para entregar su riqueza. Ese momento, ese sagrado instante, es capaz de abrir senderos hacia otra dimensión y dejar la vida y la muerte a un solo paso.

 

LA RUBIA


Una mujer delgada, joven y de largos cabellos claros deambula por la pampa. Su alma vaga por el desierto buscando sin descanso a su familia a la que tuvo que dejar forzadamente. Su historia es conocida por todos los ancianos de la zona y dicen que cada vez que sale de su tumba busca casa por casa a sus seres queridos, dejando un olor nauseabundo a su paso. Las oficinas salitreras son testigos de su constante peregrinar. Vestida con una túnica negra pedía alojamiento en cada vivienda y gracias a su poder de convencimiento y sus ojos indefensos terminaba por entrar al hogar pampino en busca de sus hijos. Al no encontrarlos, desaparecía misteriosamente.

Para muchos "La rubia" representa a todas las personas que se niegan a abandonar su tierra... como un espíritu que protege a los entrañables hijos de las calicheras.

 

EL PERRO NEGRO


Quienes han visto a este animal cuentan que de lejos es un perro común y corriente, pero al acercarse... muestra sus grandes ojos del tamaño de un plato y color rojo fuego. De su cuello cuelga una maciza cadena de oro puro y tiene la particularidad de aparecer sólo una vez al mes. Se dice que es el guardián de la veta más rica de oro que existe en el mundo y muchos de los calicheros se sintieron atraídos por su siniestra figura, señal inequívoca de fortunas inimaginables. Para obtenerla sólo había que seguirlo y observar donde escarbaba. Ahí había que dejar un puñal con la punta muy afilada, para que la veta no se corra y volver al día siguiente a excavar. Sin embargo muchos desistieron porque no hay ser humano capaz de resistir el terror que esta fiera inspira.

Y es que este famoso can azabache es el guardián del diablo y sólo obedece a su amo, quien acostumbra a llamarlo con un silbido tan penetrante que resuena en poblados enteros.

 

El YASTAY


Al recorrer los cerros y quebradas del norte grande, en mas de alguna de oportunidad los viajeros podían encontrarse con manadas de tranquilos guanacos, pero pocos han tenido la fortuna -o la desgracia- de toparse de frente con la figura del "yastay". Este animal de impecable piel es el guanaco protector de las manadas. Es fácil de reconocer porque luce más grande que todos los demás. Es el "jefe de los jefes" y aparece en los momentos más inesperados. En algunos casos es capaz de mostrar toda su furia a los cazadores transfigurado en una cabeza de demonio lanzando fuego por su boca. No hay bala ni fuerza humana que sea capaz de derribarlo.


Pero también puede ser de gran ayuda. A veces el yastay puede aparecer con un rostro angelical y servir de guía en medio del desierto cuando detecta la bondad en quienes se acercan a sus protegidos.

 

EL PIJE


Los ancianos cuentan que decenas de pampinos quedaron simplemente al borde del infarto en alguna noche de juerga luego de encontrarse con "El pije". Temido y envidiado por su éxito con las mujeres este hombre de sombrero de copa, impecable frac oscuro y bastón con empuñadura de oro, deambulaba con elegancia por los pasillos obscuros y fantasmales.


Sin embargo, aparte del susto, su presencia era sinónimo de buenos augurios en materia de festejos. Sus ojos profundos, brillantes y que no necesitaban pestañar, respaldaban a los "enfiestados" para continuar con sus andanzas con la confianza de que nada les podría pasar.


LA VIUDA


Pero al viajar a través de los enigmas del desierto, también hay sorpresas que demuestran la delgada línea entre la fantasía y la realidad. Es el caso de "la viuda" de María Elena que por años asoló a los transeúntes que cruzaban el sector de las canchas sindicales ubicadas al oriente del pueblo. Muchos la vieron y sufrieron sus ataques. Ella no sólo se limitaba a asustar ya que de una vez era capaz de arrebatarle todas las pertenencias a sus víctimas que, preferentemente, eran hombres "pasados de copas". Su presencia desató un verdadero pánico colectivo que dejó inerme a la policía y obligó a la empresa a contratar una brigada especial de investigadores. Sólo después de varios meses se logró aclarar el enigma... aprovechando su conocimiento de las diligencias uno de los carabineros que allí prestaba servicios por las noches se disfrazaba con una capa negra para perpetrar sus fechorías, aún muy comentadas por los ???.

 

EL EMPAMPADO


Una de las historias más clásicas se remonta a la tarde del jueves 2 de febrero de 1956, cuando Julio Riquelme, abordó el tren Longitudinal Norte en La Calera para asistir al bautizo de su nieto en la ciudad de Iquique. Nunca llegó a destino y su rastro se perdió por más de 43 años en la inmensidad de la pampa. Los restos de este hombre se convirtieron en una verdadera leyenda, dando paso a libros y hasta películas.

La última vez que lo vieron fue arrojándose desde el convoy a la altura de la estación Los Vientos, unos 100 kilómetros al sur de Antofagasta. Aparentemente agobiado por problemas personales y de salud decidió saltar del tren y ahí, tirado en el suelo, quedó inconsciente. Dicen que cuando despertó, en una especie de suicidio, se internó sin rumbo hacia la nada infinita.

Recién en enero de 1999 los huesos blanquecinos de Riquelme aparecieron de cara al sol en medio del desierto solitario, abandonado junto a sus pertenencias. Hoy descansa en el Cementerio Nº 3 de Iquique.

 

PAMPA UNION


La hoy en ruinas ciudadela de Pampa Unión es quizás uno de los lugares ligados a la actividad salitrera más populares y emblemáticos. Por décadas su nombre fue sinónimo de bohemia, mujeres complacientes, comercio y parrandas eternas. Por eso dicen que una enigmática mujer llegó del más allá para darle un nuevo giro a esta historia y, tal vez, vengarse por el desprecio de un amor. Sólo hace un par de meses la vieron por última vez. Portaba un látigo y estaba vestida con el traje de cuero negro que resalta sus curvas. Con su rostro claro, indefectible, escolta un hombre encadenado y con el torso desnudo... como un verdadero esclavo. Desde hace algún tiempo es el comentario obligado de los choferes de buses y automovilistas, que en medio de la noche, pálidos de pánico, no han tenido el atrevimiento de detenerse para descubrir el misterio tras su figura.



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