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Poemas aztecas el quinto sol

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POEMAS AZTECAS


1. EL QUINTO SOL


Cuatro años había ardido el horno sacro allá en Teo­tihuacan.

Y el dios de la vida [Tonacatecuhtli], y el dios del tiempo [Xiuhteuctli], llaman al lleno dc llagas [Nanáhuatl] y le dicen:

— ¡Tú tienes que sostener ahora al cielo y a la tierra! Y el dios se puso triste y dijo así:

— ¿Qué están diciendo? ¡ Hay dioses allí! Yo soy infeliz enfermo.

Llaman al dios que celebra su fiesta en 4-Pedernal. La Luna es.

Habla el dios de las lluvias [Tlalocantecuhtli], y habla el dios de los cuatro rumbos del mundo [Nappatecuh­tli]. Ellos lo mandaron.

El dios llagado [Nanáhuatl] ya se pone a hacer peniten­cia: toma sus espinas de agave; toma su rama de abeto, se punza las piernas en sacrificio ritual y la Luna hace su penitencia.

Luego se va al baño y en pos de él va la Luna.

Su abeto era plumas de quetzal [trogus sp.] y sus espinas eran jades, y lo que echaba en el fuego eran también esmeraldas.

Cuando hubo acabado cl periodo de cuatro días para hacer la penitencia, el dios llagado ya toma sus plu­mas y se pone las blancas rayas de la víctima del sacrificio. Ya se va a arrojar al fuego.

Pero la Luna aún está aterida, anda escupiendo por el frío.

Ya va el dios llagado y se arroja al fuego: en puras lla­mas cayó.

Ya va la Luna y se echa al fuego: sólo en ceniza cayó.

Hechos fueron ya. Pero llegan el águila y el tigre.

El águila se repliega, se reduce y se atreve.

El tigre tiene temores y no se atreve a caer.

Saltó el águila y ardió. Saltó el tigre y quedó solo a la vera del fuego.

El águila se ennegreció: el tigre solamente se manchó con huellas de fuego.

El gavilán llega luego y en el fuego queda ahumado. Llega luego el oso y solamente se chamusca.

¡ Tres de ellos no supieron cómo debieran portarse:

tigre, gavilán y oso!

Encumbra al cielo el dios llagado y los dioses de la vida le dan aposento allí. Lo ponen en rico solio de plu­mas de mil colores. Le colocan en la frente una rica manta de plumas y le tatúan el rostro.

Y pasaron cuatro días y el Sol en el cielo estaba.

La tierra toda temía bajo las sombras que se eternizaban.

Se juntan todos los dioses y forman su concilio:

— ¿Qué pasa que él no se mueve?

El Sol era el dios llagado mudado en sol, desde su trono:

Va el gavilán y pregunta:

¡ Los dioses quieren saber por qué razón no te mueves!

Y el Sol le respondió: ¿ Sabes por qué? ¡ Quiero sangre humana!

¡ Quiero que me den sus hijos, quiero que me den su prole!

Se congregaron los dioses y deliberando están.

El dios de la aurora [Tlahuizcalpantecuhtli] dijo, en voz sonora:

— ¡Yo voy y yole doy un flechazo... ¿por qué se ha de detener?

Hizo el conato y lanzó su dardo, no dio en el blanco. Y entonces forma una saeta con plumas color de luz solar.

Hechos fueron ya. Pero llegan el águila y el tigre.

El águila se repliega, se reduce y se atreve.

El tigre tiene temores y no se atreve a caer.

Saltó el águila y ardió. Saltó el tigre y quedó solo a la vera del fuego.

El águila se ennegreció: el tigre solamente se manchó con huellas de fuego.

El gavilán llega luego y en el fuego queda ahumado. Llega luego el oso y solamente se chamusca.

¡ Tres de ellos no supieron cómo debieran portarse:

tigre, gavilán y oso!

Encumbra al cielo el dios llagado y los dioses de la vida le dan aposento allí. Lo ponen en rico solio de plu­mas de mil colores. Le colocan en la frente una rica manta de plumas y le tatúan el rostro.

Y pasaron cuatro días y el Sol en el cielo estaba.

La tierra toda temía bajo las sombras que se eternizaban.

Se juntan todos los dioses y forman su concilio:

— ¿Qué pasa que él no se mueve?

El Sol era el dios llagado mudado en sol, desde su trono:

Va el gavilán y pregunta:

¡ Los dioses quieren saber por qué razón no te mueves!

Y el Sol le respondió: ¿ Sabes por qué? ¡ Quiero sangre humana!

¡ Quiero que me den sus hijos, quiero que me den su prole!

Se congregaron los dioses y deliberando están.

El dios de la aurora [Tlahuizcalpantecuhtli] dijo, en voz sonora:

— ¡Yo voy y yole doy un flechazo... ¿por qué se ha de detener?

Hizo el conato y lanzó su dardo, no dio en el blanco. Y entonces forma una saeta con plumas color de luz solar.


^ 2. RESTAURACIÓN DEL GENERO HUMANO DES TR U IDO


Ya los dioses se congregan y dicen unos a otros:

— ¿ Quién ha de habitar allá? ¡ Los cielos se han esta­cionado: el señor de la tierra [Taltecuhtli] inmóvil está!

Se pusieron afligidos la diosa de falda de estrellas [Ci­tlalicue] y el dios de luz solar reluciente [Citlaltónac]; el que manda en las costas [Apantecuhtli], el que sale en lugar de otros [Tepanquisqui], el que da consis­tencia al mundo [Tlalamanqui], el que mueve la aza­da de labranza [Huictolinqui], el dios de plumas preciosas [Quetzalcóatl], y aquel de quien somos es­clavos [Titlacahuan].

Pero ya va Quetzalcóatl donde reina el dios de la muerte. Cuando llega ante el señor de los muertos y la señora

de los muertos, les dice:

— ¡ He venido yo! ¡ Tú guardas preciosos huesos! Vine a tomarlos.

Y dijo el rey de la región de los muertos:

— ¿Qué vas a hacer con ellos, Quetzalcóatl?

—— Dolientes están los dioses, porque dicen: ¿ Quién ha de habitar en la tierra?

Y Mictlantecuhtli dice:

— ¡ Bien está! Tañe primero mi caracol y da cuatro vueltas en torno de mi solio circular hecho de es­meraldas.

Pero el caracol no tenía perforación para asirlo. Llama luego Quetzalcóatl a los gusanos: al punto lo perfo­raron. Entraron allí al instante las abejas y los avis­pones. Y se ponen a tañer todos soplando en el ca­racol.

Oyó el rey de la región de los muertos al caracol que tañía. Y dijo a Quctzalcóatl:

— Bien está: toma los huesos.

Y dijo también a sus servidores:

— A los que habitan en la región de la muerte id a de­cir: Dioses: ¡ Sólo tiene que dejarlos!

Pero Quetzalcóatl le dijo:

— ¡ Por cierto que he de llevarlos y en una sola vez!

Y habló también con su doble y le dijo: Dí a los dioses:

Voy a dejarlos. Y dijo para sí Quetzalcóatl: ¡ Dejarlos, sí; qué dejarlos!

Subió en alto Quetzalcóatl y tomó preciosos huesos: en una parte están colocados huesos de varón; en otra parte, huesos de mujer. Los toma rápidamente y hace un fardo con ellos y luego ya va cargándolos.

El rey de la región de los muertos grita de nuevo a sus criados:

— ¡ Dioses; de veras se lleva Quetzalcóatl huesos precio­sos! ¡ Poned fosos en la tierra!

Al momento abren los fosos y en ellos cayó él y dio contra las paredes: salieron despavoridas las codor­nices y él quedó como amortecido en su caída. To­dos los huesos rodaron por tierra y las codornices co­menzaron a mordisquearlos y a roerlos.

Quetzalcóatl volvió en si y se puso a llorar. Dijo enton­ces a su doble: ¡ Mi doble! ¿Cómo será esto? ¿Cómo será? ¡ Sea como fuere, cierto que así será!

Se puso a juntar los huesos, los fue recogiendo del sue­lo, hizo de nuevo su lío.

Luego los llevó a Tamoanchan [tierra de la vida nacien­te], y cuando allá hubo llegado, la que fomenta las plantas [Quilaztli], que es la misma Cihuacóatl, los remolió y los puso en rico lebrillo y sobre ellos Quet­zalcóatl se sangró el miembro viril, tras el baño en agua caliente que la diosa les había dado.

Y todos aquellos dioses que arriba se mencionaron hicie­ron igual forma de autosacrificio — El dios dc las

riberas del mar, el que mueve la azada de labranza, el que sale en lugar de otros, el que da consistencia al mundo, el que baja de cabeza [Tzontémoc], y en sexto lugar, el mismo Quetzalcóatl.

Dijeron entonces los dioses:

— ¡ Dioses nacieron: son los hombres!

Y es que por nosotros hicieron ellos merecimientos.


^ 3. HALLAZGO DE LOS SUSTENTOS


De nuevo los dioses dicen:

— ¿ Qué van a comer los hombres? ¡ Andan buscando alimentos!

Ya va a tomar la hormiga roja los granos de maíz al Monte de los sustentos. Se encontró con Quetzalcóatl y él le dijo:

— ¿ En qué lugar fuiste a coger esos granos? ¡ Dímelo por favor!

Ella no quería decirlo: porfió él en preguntarlo. Y por fin le dijo ella:

— ¡ Allá en el Monte de los sustentos! Y la hormiga lo conduce allá. Quetzalcóatl se trocó en hormiga ne­gra. Lo va acompañando la otra y entra al Monte de los sustentos.

Ya los dos juntos transportan y ponen en la orilla de la montaña los granos de maíz. Luego los llevan a Tamoanchan [tierra de la vida nueva].

Los mordisquearon los dioses. En nuestros labios los pu­sieron y con esos fuimos creciendo.

Dicen entonces [los dioses]:

— ¿ Qué hacer con el Monte de los sustentos?

Va Quetzalcóatl en seguida y hace intentos de cargarlo. Lo ató con cuerdas, pero no pudo levantarlo.

Con los granos de maíz echa suertes Oxomoco y su es­posa Cipactónal empieza a leer los destinos.

Y los dos dijeron juntos:

— Lo ha de quebrantar el dios llagado [Nanáhuatl]. Y ellos echaban sus suertes.

Pero llegaron todos los dioses de tierra y lluvia [Tlalo­que]:

Dioses azules, cual cielo; dioses blancos; dioses amari­llos; dioses rojos. Hicieron un montón de tierra. Y se llevaron los dioses de la tierra y de la lluvia [Tla­loque], todos los sustentos: maíz blanco, maíz aman­llo, la caña de maíz verde; maíz negruzco, y el frijol, los bledos, la chía, la chicalota, ... ¡ Todo lo que es sustento nuestro fue arrebatado por los dioses de la lluvia!


^ 4. JUEGO DE PELOTA FUNESTO


Juega a la pelota Huémac; juega con los dioses de la llu­via y la tierra.

Le dijeron los Tlaloque: ¿ Qué ganamos al jugar?

Huémac responde: — Mis jades, mis plumajes de quet­zal.

Luego los dioses dijeron: — Eso mismo ganas tú:

Nuestras verdes piedras finas, nuestras plumas de quetzal.

Ya juegan a la pelota: Huémac el juego ganó.

Ya vienen los dioses a cambiar lo que han de dar a Huémac: en vez de plumas de quetzal, le dan ma­zorcas tiernas de maíz, en lugar de plumas finas, le dan mazorcas con verde hoja, con lo que dentro contienen.

Huémac recibir no quiso: — ¡ No es eso lo que aposté! ¿No eran jades? ¿No eran plumajes de quetzal?

¡ Eso quitadlo de aquí!

Dijeron los dioses: — Bien, dadle jades; dadle plumas.

Y tomaron sus dones y se fueron llevando sus tesoros.

Y en el camino decían: — Por cuatro años escondamos nuestras joyas: hambre y angustia han de sufrir.

Y cayó hielo tan alto que a la rodilla llegaba; se perdie­ron los sustentos y en pleno estío cayó hielo. Y tal era el ardor del sol que todo seco quedó: árboles, cactos, agaves, y aun las piedras se partían estallando ante el reverbero del sol.


^ 5. RESTITUCIÓN BONDADOSA


Pasados los cuatro años de que el hambre reinaba en ellos, allá por el Cerro de las langostas [Chapulte­pec], aparecieron los dioses de la lluvia. Allí donde el agua se extiende. Y en el agua fue subiendo una mazorca tierna; el sustento.

Un tolteca que estaba allí cuando vio aquella mazorca con ardor se abalanzó a ella y la tomó y comenzó a morderla.

Sale del agua el dios que da las provisiones [Tláloc], y le dice:

— ¿Sabes tú qué es eso?

— ¡ Bien que lo sé, oh dios mío, pero ha tanto tiempo que lo perdimos!

Siéntate y espera allí: voy a hablar yo con el rey. Se hundió en el agua y a poco del agua emergió tra­yendo una brazada de mazorcas tiernas. Y dijo:

Anda, hombre: tómalas y velas a dar a Huémac.


Los cinco fragmentos anteriores pertenecen a un Manuscrito redactado en 1558 en la Ciudad de México, por un nativo, a base de poemas que sabia de memoria. Es resto de alguna epopeya religiosa perdida. Fue dado a luz por Del Paso y Troncoso, Francisco, en Florencia, en 1903, con el nombre de Le­yenda de los Soles. Forma parte del llamado C6dice Cuauhtitlan, que se conserva en el Museo de Antropología e Historia de México.


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